Movimiento Social, de todo un poco
Showing posts with tag: autobiografía

En la entrada

De niña me daba miedo pasar por la entrada de casa. No por la entrada en sí, sino porque en ella había, turbándome con su imponente presencia, un enorme perchero que a mí me miraba mal. Creo que me la tenía jurada desde el día en que lo derribé de un balonazo y no me paré a levantarlo, sino que salí huyendo para evitar el castigo que sin duda me habría de caer si alguien se enteraba de que había estado jugando con un balón dentro de casa. Desde aquel día, cada vez que pasaba por delante de él no podía evitar sentirme intimidada por su amenazador. Llegué a sentirme tan asustada que la única solución que se me ocurrió fue decírselo a mi padre, con la esperanza de que él me protegiera, pero mi padre me contó entonces que al perchero tampoco le caía bien a él, y por eso sospechaba que era este mismo perchero el que había hecho a las mujeres desnudas desaparecer su preciosa bufanda de cuadros escoceses. Supe en aquel momento que tendría que afrontar mi miedo sola, y por eso decidí que nunca más miraría aquel objeto, que al entrar en casa tendría que apartar mi mirada para no encontrarme con la suya. Así lo hice durante años, incluso cuando al independizarme de mi familia sólo tenía que cruzar aquella entrada los fines de semana. Muchos años más tarde, cuando mis padres hubieron muerto, mis hermanos y yo decidimos vender la casa en que habían vivido desde que se casaron, y para ello fuímos desmontándola poco a poco, tirando todo lo que había quedado inservible y quedándonos cada uno con los muebles que quedaban a los que se podía dar uso, y que quedaban asignados a aquel a quien mejor le podían venir. Al decidir sobre el destino del perchero, que había quedado demasiado bien conservado hasta entonces, mis hermanos me lo asignaron a mí, ya que yo no tenía ningún perchero en casa (por decisión propia, ya que mi miedo particular hacia aquel perchero se había vuelto general, hacia todos), pero yo les rogué y supliqué que se lo quedaran ellos, que yo no lo quería ni ver. Me miraron entonces con cara de extrañeza y oí que murmuraron entre ellos: “Está tan loca como papá”. Nunca nos entendieron.