Joe Strummer
A los 50 años murió en Inglaterra el lider de The Clash
Eduardo Fabregat
Extraña manera de morir para una estrella punk: John Graham Mellor, más
conocido por Joe Strummer, sufrió un ataque cardíaco el domingo por la
tarde y ya no despertó. Ni cocaína, ni heroína, ni excesos alcohólicos,
ni un accidente en una habitación devastada de hotel. A los 50 años, el
líder de The Clash, auténtica voz generacional, protagonista de un
quiebre inolvidable en la historia del rock, se despidió plácidamente en
una silla de la cocina de su casa de campo en Broomfield, Somerset
(Inglaterra), al volver de un paseo con sus perros. Para ponerle sal al
asunto, el guitarrista y cantante murió el mismo día que un tal Luca
Prodan, quince años atrás. Claro que las reacciones por este ingreso al
panteón serán a escala planetaria: para una considerable masa de gente,
la partida de Strummer es tan significativa como la de John Lennon. Y ni
siquiera hay un Chapman a quien echarle la culpa.
Puede parecer exagerado por la dimensión de la obra de unos y otros, pero
la aparición de The Clash fue a la escena musical británica de los ‘70
lo que los Beatles fueron a los ‘60. A diferencia de Sex Pistols,
conocidos tanto por sus himnos al hastío como por las triquiñuelas
comerciales de Malcolm McLaren, The Clash trascendió el estallido punk,
le agregó color y profundidad, generó más y mejores canciones y, gran
diferencia, enarboló un discurso mucho más combativo y efectivo que el
no future. Del seminal The Clash a Combat Rock (mejor no contar la triste
despedida de Cut the crap), pasando por sus obras capitales London calling
y Sandinista!, el grupo que completaban el guitarrista Mick Jones, el
bajista Paul Simonon y los bateristas Terry Chimes y Topper Headon marcó
a fuego una generación, sin fronteras (sus influencias en Argentina
fueron de una cita de Charly García en “No bombardeen Buenos Aires” a
sentidos covers de Attaque 77 y Los Fabulosos Cadillacs), y llegó a
ganarse un mote que muy pocos podrían enarbolar en la industria musical:
“La única banda que importa”.
Todo eso eran simples sueños de estudiante para Strummer cuando aún se
llamaba John y era sólo el hijo de un diplomático inglés, circunstancia
que lo hizo ver la luz en Ankara (Turquía), el 21 de agosto de 1952.
Acostumbrado a moverse desde pequeño en lugares como México, Chipre y El
Cairo, el joven músico se independizó a su familia a lo grande, ocupando
un squat en 101 Walterton Road, en Notting Hill. Un lugar que, mediando
los ‘70, ardía de manifestaciones por la igualdad racial y protestas
políticas, un lugar que servía de hogar a un tal Bob Marley. En ese
caldo callejero, en esa mixtura social que impregnaba la cultura y el
pensamiento, Joe se empapó de músicas vibrantes, extraños colores y
olores con la marca del reggae, el dub, el ska y los sones tribales de
Africa. Pronto integraba un grupo de pub llamado 101ers, pero el verdadero
punto de partida fue en 1976, cuando un amigo llevó al guitarrista a ver
la nueva gran cosa, un cuarteto salvaje liderado por Johnny Rotten.
Strummer no lo pensó dos veces: decidió llevar su música al extremo, se
despidió de los pubs y buscó nuevos amigos. El nombre para el nuevo
proyecto llegó de los diarios, donde la palabra clash (“choque”),
espejo de tiempos violentos, se repetía una y otra vez.
Fueron sólo cinco años, pero la historia está llena de revoluciones
concretadas en menos tiempo. Además, The Clash contaba también con otra
usina creadora en Mick Jones. Esa sociedad (algo sumamente valioso en el
rock: Lennon/McCartney, Jagger/Richards y siguen las firmas) permitió que
el grupo jugara libremente con sus horizontes, pero también fue una
fuente de tensiones que tuvo influencia decisiva en el historial. Strummer
venía de una familia acomodada, y Jones provenía de un hogar obrero de
Brixton: en esa diferencia nacieron varias batallas internas de The Clash
–algunas literalmente sangrientas–, pero seguramente también buena
parte de su fiereza en vivo. Desde el escenario, entonces, Strummer y sus
muchachos lo arrasaban todo. En 1999 vio la luz From here to eternity, y aún
con la distancia que impone una vieja grabación puede apreciarse la bien
canalizada violencia del grupo. Que contaba con piezas inmortales como
“London calling”, “White riot”, “Rock the Casbah” (que, ironía
de ironías, sonó en los aviones que bombardeaban a Saddam Hussein en la
Guerra del Golfo), “Train in vain”, “Straight to hell”,
“Bankrobber” o “Should I stay or should I go”, que en 1992 desató
las iras del pueblo punk al ser utilizada en un aviso de Levi’s. Enormes
en las islas británicas, apenas considerados en Estados Unidos hasta que
fue demasiado tarde, los Clash fueron honrando leyendas de detenciones por
usos y abusos –o peleas a puño limpio con fans molestos–, hoteles
destrozados y giras tormentosas. La enorme paleta estilística con la que
ampliaron los tres acordes de rigor del punk sirvió para construir obras
monumentales como el doble London calling –para muchos, su obra
maestra– y el triple Sandinista! (directa alusión a la intervención
estadounidense en Nicaragua), pero la combustión interna hizo volar todo
por los aires.
En 1982, Strummer echó a Jones de la banda por “diferencias políticas”,
aunque la verdadera razón pasaba por la adicción de éste a la heroína.
Los intentos posteriores dejaron tristes resultados, hasta que Strummer y
Simonon decidieron cerrar el capítulo a comienzos de 1986. Algunos años
después Joe aceptaría que “a Mick lo apuñalé por la espalda”, pero
aún así resistió toda oferta, por millonaria que fuese, de reunir a la
bestia. No es que le faltara tiempo: el cuerpo de obra solista de Strummer
(ver aparte) es sucinto, repartido con su trabajo para bandas de sonido y
como actor en películas de Alex Cox (Walker, Straight to hell) y Jim
Jarmusch (Mistery train). Tras diez años de silencio, sus dos discos con
The Mescaleros (sobre todo el brillante Global a Go-go) lo exhibieron en
plena forma, en una síntesis total de su pasión por la furia rockera y
los sonidos de otras latitudes.
El mes pasado, Strummer y los Mescaleros liquidaron una gira europea de
precalentamiento para la edición de su tercer disco. En el show del 15 de
noviembre en el Acton Town Hall de Londres se produjo el milagro: a veinte
años de su última aparición conjunta, Strummer y Jones se unieron en
escena para “London’s burning”, “Bankrobber” y “White riot”.
Todo parecía estar preparándose para un encuentro cumbre, ya que en
febrero de 2003 The Clash será el segundo grupo punk (el primero fue
Ramones) en ingresar al Salón de la Fama del Rock and Roll, y se
descontaba un show nostálgico y furioso a la vez. Ayer, cuando Lucy
Strummer ya había dado la noticia y pedía respeto y consideración por
la familia, la rueda de declaraciones empezó a girar: Bono se declaró
“shockeado”, no dudó en definir a Clash como “la mejor banda de
rock de la historia”, y afirmó que “escribieron el libro de reglas
para U2”. Bob Geldof, que en sus tiempos de Boomtown Rats tuvo más de
una agria discusión con Strummer sobre cómo sacarle partido a la
industria, ofreció la mejor definición. “The Clash será influyente
por siempre, una banda que no morirá nunca. Si pueden influir a la gente,
sobre todo en esta era de música pop manufacturada, entonces habrá
dejado algo indestructible”.
Ni ardió de pronto ni se extinguió lentamente: Joe Strummer se apagó al
medio siglo de vida, cuando aún brillaba con fuerza. Extraña suerte para
un totem punk.
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