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mundo feliz - libro completo
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Un
Mundo Feliz
Las inquietudes de Huxley
al respecto de la importancia de las drogas en las
manifestaciones religiosas y culturales de la humanidad, ya venían
perfilándose con anterioridad. En 1931, un año antes de lanzar
Un mundo feliz, publicó un pequeño ensayo llamado
"En busca de un nuevo placer".
En él,
llegaba a la conclusión de que la diversión y por extensión
el tedio del hombre moderno eran básicamente los mismos que los
que habían experimentado los antiguos griegos y romanos. Ya
desde entonces, para minimizar los contradictorios vacíos de la
dinámica diversión-tedio, Huxley soñaba con una droga que
transfigurara al mundo y lograra que al despertar tuviéramos la
cabeza ligera y el físico ileso.
El asunto
ofrecía amplias perspectivas si se le abordaba sistemáticamente.
Pero mientras él escribía este ensayo en el que se proponía
un "imaginario producto sintético que haría felices y dóciles
a las generaciones futuras", el doctor Irvine Page, afamado
bioquímico norteamericano, se preparaba para regresar a
Alemania: después de haber estudiado en aquél país durante
tres años la química del cerebro, no había podido obtener
empleo en su patria.
Huxley señalaría
más tarde esta coincidencia en Brave New World Revisited
(1958) y se uniría a la sorpresa del doctor Page, quien
desconcertado reflexionaba: "Es difícil comprender por qué
necesitaron tanto tiempo los hombres de ciencia para dedicarse a
la investigación de las reacciones químicas en sus propios
cerebros". Sin embargo,
lo que no es difícil entender en este contexto es por qué el
tema de la droga aparecería con tanta importancia en Un mundo
feliz, al año siguiente. Uno de los pilares de la sociedad
descrita en esta novela, famosa por sus niños de probeta
perfectamente acondicionados y estratificados socialmente, era
el uso del soma, la droga ideal. Nadie consumía tabaco,
alcohol, heroína, cocaína o cualquier otra droga imperfecta.
La ciencia había conseguido fabricar un compuesto en tabletas
que se ingería diaria y reglamentariamente por las clases bajas
y trabajadoras (gamas, deltas y epsilones) mientras que las
clases altas y dirigentes (alfas y betas) la usaban a discreción
en momentos de depresión o apocamiento. "Eufórica, narcótica,
agradablemente alucinante" no producía secuelas incómodas
o destructoras. Sin embargo, no se trataba de un vicio privado
sino de toda una institución política que prevenía contra la
inadaptación personal, la inquietud social y la difusión de
las ideas subversivas. Invirtiendo la frase de Marx, "la
religión es el opio del pueblo", Huxley llegó a decir más
tarde que en Un mundo feliz "el soma es la religión
del pueblo". En los últimos capítulos de la novela,
"Su Fordería Mustafa Mond", uno de los "world-controllers"
de ese universo subrepticiamente totalitario, explica al
sorprendido Salvaje que el soma es "cristianismo sin lágrimas",
un dispositivo de seguridad que, en una sociedad que satisface
inmediatamente todos los deseos, y en la que no se desea lo que
no se debe desear, sirve para calmar las eventuales cóleras y
reconciliarse con el prójimo. Mustafa Mond define así la
felicidad: La gentes son
felices; tienen cuanto desean, y no desean nunca lo que no
pueden tener. Están a gusto; están seguras; nunca están
enfermas; no tienen miedo de la muerte; viven en una bendita
ignorancia de la pasión y la vejez ¡no están cargados de
padres ni madres; no tienen esposas, ni amantes que les causen
emociones violentas; están acondicionados de tal suerte que, prácticamente,
no pueden dejar de comportarse como deben. Y si cualquier cosa
no anda bien, ahí está el soma.
El Soma de
Huxley
Se trata de un sucedáneo de la
religión, como la entendían las sociedades
"antiguas", pues habiendo alcanzado la juventud y la
fortuna sostenidas, no había necesidad de algo inmutable que
sirviera de consuelo. El mismo orden social ya ha alcanzado la
estabilidad. El paraíso artificial, la utopiácea, había sido
alcanzada.
Para los
habitantes de Un mundo feliz, ya había sido resuelto el
problema de qué colocar en el lugar de Dios después de que
Nietzsche lo había declarado "oficialmente muerto".
Todo, sin cataclismos, angustias ni apocalípsis. Mustafa Mond
explica muy sobriamente que la gente cree en Dios si ha sido
acondicionada para creer en Dios. En una sociedad que ha
eliminado el sufrimiento en todos sus aspectos, no hay necesidad
de ese consuelo al que acudían principalmente los viejos o los
enfermos. Dicho acondicionamiento ha sido eliminado por inútil.
Cuando el Salvaje protesta diciendo que es natural creer en Dios
y pregunta si realmente Mustafa Mond no cree en Dios, recibe la
siguiente respuesta: "No; creo que muy probablemente lo hay
[...] Pero se manifiesta de diversas maneras a los diversos
hombres [...] Ahora... [...] se manifiesta como una ausencia;
como si no existiese en absoluto". En estas palabras se
percibe que la sociedad de Un mundo feliz había dejado de
interesarse en este tipo de problemas. El culto a Ford (y a
Freud también) es un culto a la sociedad, a la estabilidad
alcanzada, una suerte, diría, de ultrapositivismo hiperpragmático.
Las ceremonias religiosas son realmente éxtasis grupales en los
que se cumple la misión de mantener la cohesión social en un
rito que impide la peligrosa soledad. En esa sociedad, cualquier
especulación metafísica está prohibida.
Al respecto,
hay que recordar que el abuelo de Aldous Huxley, el famoso
Thomas Henry Huxley, naturalista y fisiólogo inglés discípulo
de Darwin, había propuesto un tipo de comportamiento muy
similar. Siguiendo las ideas del evolucionismo positivista, acuñó
el termino agnosticismo en 1869. Al hacerlo, manifestaba su
desconfianza en la resolución de problemas, sobre todo metafísicos
y religiosos, a los que no pudieran aplicarse los métodos de la
investigación científica. Para el abuelo Huxley, la materia,
la fuerza, las leyes naturales, son nombres de estados de
consciencia nuestros, reglas valederas sólo en la experiencia,
sin que nada de todo esto lleve a una realidad trascendente
divina. Huxley nieto retomó las ideas de su abuelo y las
proyectó en la antiutopía de Un mundo feliz.
En ella criticó
la sociedad de consumo (el american way of life), la publicidad
y la manipulación, la instrumentalización empobrecedora de la
ciencia, el totalitarismo (Mussolini y Stalin en el horizonte),
y la eliminación del pensamiento metafísico. La solución que
planteaba ante los problemas demográficos y ante la guerra, el
hambre y la miseria, ya experimentados en la Primera Guerra
Mundial y amenazantes en el panorama de un ominoso segundo
conflicto, es un callejón sin salida. La felicidad como
satisfacción material inmediata de los deseos, como eliminación
de toda carencia de este orden, es alcanzada a través del lema
del Estado Mundial: "Comunidad, Identidad,
Estabilidad". Su costo es el recorte de la cultura, de la
libertad.
Huxley y la
LSD
Un año después de la publicación
de Un mundo feliz, la atención que Huxley mantenía sobre la
influencia de la química del cuerpo en el estado de ánimo, las
posibilidades crecientes de su manipulación científica, y sus
alcances en la vida individual y social, produjo una anécdota
curiosa. Al pasar por Chichicastenango, Guatemala, Huxley se
sorprendió por la religiosidad sincrética de los indios del
lugar alrededor de las dos iglesias del pueblo. En su diario de
viaje, Beyond the Mexique Bay, nos dice que "no hay mejores
católicos ni casi mejores paganos en todo Guatemala". Sin
embargo, otro tipo de sincretismo lo esperaba en la casa de un
indio.
En una
habitación grande y limpia, que funcionaba también como
cuartel de una de las múltiples cofradías religiosas del
pueblo, se distribuían unos bancos junto a las paredes y en un
extremo había un altar con una imagen moderna y barata. El
cielo raso estaba festoneado por bandas de papel coloreado,
dobladas y cortadas para formar "fantásticos" frisos
con hombrecillos, pájaros y estrellas. Colgado en otro de los
muros, había un calendario de obsequio de la casa farmacéutica
Bayer. El diseño de éste era bastante común: arriba se
mostraba una cromolitografía de la Santísima Trinidad rodeada
por grupos de santos y acompañada de la inscripción
"Gloria Patri, Filio et Espiritu Sancto"; en medio, un
almanaque para 1933; y abajo, "una parrafada lírica sobre
las virtudes de la aspirina combinada con la cafeína".
Nada de esto nos sorprende sino la lectura que Huxley hace de
las relaciones de contigüidad entre estos elementos: "Todo
el asunto estaba perfectamente calculado para hacer creer a un
indio que las píldoras estaban garantizadas de algún modo por
Dios mismo y que junto con la Cafiaspirina trabaja un pedacito
de sustancia divina". Un poco descabellado, si aplicamos el
mismo razonamiento a otros muchos calendarios que se obsequian
en el país, pero a final de cuentas perfectamente válido
dentro de la "ingeniería" imaginativa de Huxley.
Para 1953, el campo de la
investigación psicofarmacológica había crecido
considerablemente. Después de 20 años, el panorama era muy
distinto al que se había enfrentado el doctor Page, pues
abundaban los estudios sobre la dinámica de enzimas y otras
substancias que regulan el comportamiento del cerebro. El LSD-25
había sido descubierto accidentalmente en 1938 por Hofman en
los laboratorios Sandoz en Basilea y comenzaba a sembrar gran
entusiasmo por sus posibles aplicaciones psicoterapéuticas. Con
él, se intentó curar a morfinómanos y alcohólicos, así como
a neuróticos obsesivos y melancólicos y a otros pacientes con
diversos padecimientos de la psique. En 1953, la psilocibina,
proveniente del hongo sagrado Psilocybe Mexicana ingresó en el
mundo occidental también sintetizada por Hofman. Años después,
también fue aplicada para tratar casos de alcoholismo, por el
doctor Timothy Leary, el mismo que en 1963 organizó la IFIF (International
Federation for Internal Freedom), especie de clínica de LSD en
la que se experimentaba, bajo observación científica, la
"vida transpersonal". Con sede en un hotel de
surfistas en Zihuatanejo, la clínica pronto tuvo que disolverse
pues una mujer estadounidense, notablemente desequilibrada,
después de ser rechazada por el grupo (al cual no había sido
invitada), armó tal escándalo que los organizadores y
participantes fueron expulsados del país.
La mescalina,
procedente del peyotl mexicano, había sido aislada desde los años
veintes y fue precisamente un estudioso de sus virtudes para el
tratamiento de la esquizofrenia, el doctor Humphrey Osmond,
quien invitó a Aldous Huxley a participar como conejillo de
indias en un experimento. No lo tomaba por sorpresa, pues era el
siguiente paso lógico en el camino que Huxley con tanto interés
había ido recorriendo. Para entonces ya había recogido
bastante material acerca de las diferentes experiencias
visionarias y las maneras de llegar a ellas. Así, una
"luminosa mañana de mayo" de 1953, Aldous Huxley
ingirió cuatro décimas de gramo de mescalina disueltas en
medio vaso de agua y se sentó a esperar los resultados.
En Las
puertas de la percepción (1954) está narrado el periplo de
Huxley. Nada del otro mundo, si se quiere encontrar en él, por
ejemplo, el arrebato alucinante de un William Burroughs. Huxley
posee principalmente un impulso ordenador, clasificador, científico,
analítico. No se le puede pedir un "desorden de los
sentidos" rimbaudiano. Esto no es una debilidad, un aspecto
negativo. La tradición de la literatura inspirada en la droga
que comenzó a principios del siglo pasado con Coleridge, De
Quincey, y Wilkie Collins en Inglaterra y Poe en Norteamérica y
que alrededor de 1840 se mudó a Francia con los haschichins --Gautier,
Nerval, Baudelaire-- sufrió un importante cambio con la
generación beat de Neal Cassady, maestro de Jack Kerouac,
William Burroughs y Allen Ginsberg.
La droga había
sido consumida hasta entonces como una experiencia personal, íntima,
incluso secreta como en el caso de los grupos ocultistas en los
que participaban hombres de la talla de W B Yeats y Aleister
Crowley. La novedad de los años cincuenta y sesenta consistió
en que la invitación al lector se hacía muy manifiesta. Esto
sucedía de dos maneras. Una fue la de Ginsberg, Burroughs y
Kerouac y gran parte de la generación de la psicodelia. Fue
primordialmente acto de protesta, un acto político que invitaba
a rechazar los horrores y defectos de nuestra civilización. Tenía
todo el sabor romántico de los hippies. La otra fue la de
Huxley, Leary y Alan Watts: una experiencia en que la mística y
la ciencia se combinan. Huxley los precedió a ambos. Leary daba
clases de psicología en Harvard en 1960 cuando, de vacaciones
en Cuernavaca, comió las seis setas de "Carne de
Dios" que cambiaron su vida. Alan Watts, famoso
especialista en budismo y religiones orientales, se interesó en
el LSD después de leer a Huxley, con quien entabló una
amistad. Huxley, en contacto con las investigaciones que en el
ramo realizaba el departamento de neuropsicología de la UCLA,
lo recomendó con los doctores de esta universidad. Huxley decía:
"El LSD y los hongos alucinógenos han de ser usados, me
parece, en el contexto de una total lucidez, de modo que
conduzcan a un esclarecimiento del mundo cotidiano, el cual se
convierte en un mundo de maravilla y belleza y de divino
misterio, cuando la experiencia es lo que siempre debiera
ser". La droga utópica de Huxley vuelve a aparecer.
La experiencia
de Huxley con la mescalina puede ser resumida en pocas palabras.
El lugar y la distancia dejan de tener importancia. Se da una
percepción en función de la "intensidad de
existencia" o "ser-encia". Se produce una
indiferencia completa por el tiempo o, lo que es lo mismo, un
perpetuo presente. La contemplación que se alcanza es en un
principio la de un esteta: las formas son las que sobresalen. El
esteta contempla solamente las formas, elimina su dimensión
utilitaria y el atractivo que su estructura y su funcionamiento
tienen para el espíritu científico. Pero casi simultáneamente
la visión del esteta es complementada por una experiencia
sacramental de la realidad. Las impresiones visuales se
intensifican muchísimo y "el ojo recobra esa inocencia
perceptiva de la infancia, cuando el sentido no está inmediata
y automáticamente subordinado al concepto".
Al final del
ensayo, que contiene toda una serie de observaciones sobre
pintura y cultura en general que es imposible tratar en
este espacio, Huxley señala indirectamente uno de los problemas
de la experiencia que nos narra: su traducción, su verbalización.
Velada o inconscientemente invita a seguirlo pues denuncia una
tiranía de la educación predominantemente verbal en la cual
hay poco espacio y valor para las percepciones directas. Aboga
por una combinación equilibrada pues, ya que es imposible
prescindir ni como especie ni como individuos del razonamiento
sistemático (el subrayado es mío), es sano mantenerse abierto
al contacto directo. Se trata de defender una educación artística
pues
El artista está
congénitamente equipado para ver todo el tiempo lo que los demás
vemos únicamente bajo la influencia de la mescalina. La
percepción del artista no está limitada a lo que es biológica
o socialmente útil. Se filtra hasta su conciencia, a través de
la válvula reducidora del cerebro y del ego, algo del
conocimiento perteneciente a la Inteligencia Libre.
Es curioso
notar que la reconstrucción verbal y razonada de la experiencia
en Huxley deja ver todo su espíritu científico y tecnológico.
El esquema de la válvula reductora sirve como base de todo el
ensayo.
Cielo e infierno (1956) es una continuación del ensayo
anterior, sólo que sin la experiencia directa. Se trata de una
extensión en que realiza un análisis antropológico-cultural
de la experiencia mística. En su juventud, Huxley casi pierde
la vista por una enfermedad de los ojos. La experiencia visual
de la droga agudizó su sensibilidad hacia el papel de la visión
en las experiencias religiosas y místicas. Así, recorre desde
el brillo de los joyas religiosas, hasta el cine, pasando por
los fuegos artificiales, la lámpara de Athanasius Kircher, la
iluminación de gas y eléctrica de calles y teatros, etc. es el
resultado de la "educación por las drogas". Nada de
transcripciones tartamudeantes de viajes alucinantes. Eso lo
deja para el lector y su propia intimidad.
La afición
científica que despertaron las drogas en la vida intelectual de
Huxley nunca rebasó su flemático y cortés espíritu anglosajón,
casado públicamente con la mesura y la contención. Sin
embargo, un último deseo delata el otro lado, quizá el
contrapeso. Cuando se encontraba en sus últimos días, el 22 de
noviembre de 1963, Aldous Huxley le pidió a Laura Archera, su
mujer, que le administrara una dosis de LSD.
Laura le dio dos y Huxley murió bajo los efectos del alucinógeno,
tal como lo hace Linda, la madre del Salvaje de Un mundo feliz,
durante el tratamiento terminal a base de soma que se aplicaba
en aquella sociedad. ¿Miedo a la muerte? ¿Derecho a no sufrir?
¿Amor a la experiencia con alucinógenos? ¿Curiosidad científica?
¿Realización de un sueño que había sido novelado? No lo
podemos saber. Si Huxley aún viviera, por alguna maravilla
parecida a las que describe en Un mundo feliz, habría celebrado
su centésimo aniversario este año Si su lucidez continuara la
misma, quizá nos iluminaría al respecto. Quizá también
hubiera ampliado su último trabajo publicado, Literature and
Science (1962) en el que, ya en una actitud no tan de
apocalipsis tecnofóbica, pretende establecer una conciliación
entre los dos mundos en que como anfibio vivió: la ciencia y el
arte. |