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Ernst Jünger
(1895-1998), autor de diarios claves sobre lo que se llamó la estética
del horror, así como de un importante ensayo -El Trabajador-
acerca de la cultura de la técnica moderna y sus repercusiones,
está considerado, incluso por sus críticos más acerbos, como un
gran estilista del idioma alemán, al que algunos incluso ponen a
la altura de los grandes clásicos de la literatura germánica.
Fue el último sobreviviente de una generación de intelectuales
heredada de la obra de Oswald Spengler, Martin Heidegger, Carl
Schmitt y Gottfried Benn. Apasionado polemista, nunca estuvo ajeno
de la controversia política e ideológica de su patria;
iconoclasta paradójico, enemigo del eufemismo, "anarquista
reaccionario" en sus propias palabras, abominador de las
dictaduras (fue expulsado del ejército alemán en 1944 después
del fracaso del movimiento antihitlerista) y las democracias
(dictaduras de la mayoría, como las llamó Karl Kraus, líder
espiritual del círculo de Viena). En 1981, Jünger recibió el
premio Goethe en Frankfurt, máximo galardón literario de la
lengua germana. Sus obras, varias de ellas de carácter biográfico,
giran sobre el eje de protagonistas en cuyas almas el autor
intenta plasmar una cierta soledad y desencantamiento frente al
mundo contemporáneo; al tema central, intercala disquisiciones
acerca del origen y destino del hombre, filosofía de la historia,
naturaleza del Estado y la sociedad. Por sobre esto, sus obras
constituyen un llamado de denuncia y advertencia ante el avance
incontenible y abrasador del nihilismo como movimiento mundial, a
la vez que se convierten en guías para las almas rebeldes ante
este proceso avasallador.
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Pero, ¿qué es el
nihilismo? Jünger, en un intercambio epistolar con Martin
Heidegger, expuso sus conceptos sobre el nihilismo en el ensayo
Sobre la línea (1949). Basándose en La voluntad de poder de F.
Nietzsche, lo define, en primer término, como una fase de un
proceso espiritual que lo abarca y al que nada ni nadie pueden
sustraerse. En sí mismo, es un proceso determinado por "la
devaluación de los valores supremos", en que el contacto con
lo Absoluto es imposible: "Dios ha muerto". Nietzsche se
caracteriza como el primer nihilista de Europa, pero que ya ha
vivido en sí el nihilismo mismo hasta el fin. De esto Jünger
recoge un Optimismo dentro del Pesimismo característico de este
proceso, en el sentido de que Nietzsche anuncia un
contramovimiento futuro que reemplazará a este nihilismo, aun
cuando lo presuponga como necesario. También recoge síntomas del
nihilismo en el Raskolnikov de Dostoievski, que "actúa en el
aislamiento de la persona singular", dándole el nombre de
ayuntamiento, proceso que puede resultar horrible en su epílogo,
o ser la salvación del individuo luego de su purificación
"en los infiernos", regresando a su comunidad con el
reconocimiento de la culpa. Entre las dos concepciones, Jünger
rescata un parentesco, el hecho de que progresan en tres fases análogas:
de la duda al pesimismo, de ahí a acciones en el espacio sin
dioses ni valores y después a nuevos cometidos. Esto permite
concluir que tanto Nietzsche como Dostoievski ven una y la misma
realidad, sí bien desde puntos muy alejados.
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Jünger se encarga
de limpiar y desmitificar el concepto de nihilismo, debido a todas
las definiciones confusas y contradictorias que intelectuales
posteriores a Nietzsche desarrollaron en sus trabajos, problema
para él lógico debido a la "imposibilidad del espíritu de
representar la Nada". Como problema principal, distingue el
nihilismo de los ámbitos de lo caótico, lo enfermo y lo malo,
fenómenos que aparecen con él y le han dado a la palabra un
sentido polémico. El nihilismo depende del orden para seguir
activo a gran escala, por lo que el desorden, el caos serían,
como máximo, su peor consecuencia. A la vez, un nihilista activo
goza de buena salud para responder a la altura del esfuerzo y
voluntad que se exige a sí mismo y los demás. Para Nietzsche, el
nihilismo es un estado normal y sólo patológico, por lo que
comprende lo sano y lo enfermo a su particular modo. Y en cuanto a
lo malo, el nihilista no es un criminal en el sentido tradicional,
pues para ello tendría que existir todavía un orden válido.
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El nihilismo, señala
Jünger, se caracteriza por ser un estado de desvanecimiento, en
que prima la reducción y el ser reducido, acciones propias del
movimiento hacia el punto cero. Si se observa el lado más
negativo de la reducción, aparece como característica tal vez más
importante la remisión del número a la cifra o también del símbolo
a las relaciones descarnadas; la confusión del valor por el
precio y la vulgarización del tabú. También es característico
del pensamiento nihilista la inclinación a referir el mundo con
sus tendencias plurales y complicadas a un denominador; la
volatización de las formas de veneración y el asombro como
fuente de ciencia y un "vértigo ante el abismo cósmico"
con el cual expresa ese miedo especial a la Nada. También es
inherente al nihilismo la creciente inclinación a la
especialización, que llega a niveles tan altos que "la
persona singular sólo difunde una idea ramificada, sólo mueve un
dedo en la cadena de montaje", y el aumento de circulación
de un "número inabarcable de religiones sustitutorias",
tanto en las ciencias, en las concepciones religiosas y hasta en
los partidos políticos, producto de los ataques en las regiones
ya vaciadas.
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Según lo expresado
en Sobre la línea, es la disputa con Leviatán -ente que
representa las fuerzas y procesos de la época, en cuanto se
impone como tirano exterior e interior-, es la más amplia y
general en este mundo. ¿Cuáles son los dos miedos del hombre
cuando el nihilismo culmina? "El espanto al vacío interior,
obligando a manifestarse hacia fuera a cualquier precio, por medio
del despliegue de poder, dominio espacial y velocidad acelerada.
El otro opera de afuera hacia adentro como ataque del poderoso
mundo a la vez demoníaco y automatizado. En ese juego doble
consiste la invencibilidad del Leviatán en nuestra época. Es
ilusorio; en eso reside su poder". La obra de Jünger
trastoca el tema de la resistencia; se plantea la pregunta sobre cómo
debe comportarse y sostenerse el hombre ante la aniquilación
frente a la resaca nihilista.
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"En la medida
en que el nihilismo se hace normal, se hacen más temibles los símbolos
del vacío que los del poder. Pero la libertad no habita en el vacío,
mora en lo no ordenado y no separado, en aquellos ámbitos que se
cuentan entre los organizables, pero no para la organización".
Jünger llama a estos lugares "la tierra salvaje", lugar
en el cual el hombre no sólo debe esperar luchar, sino también
vencer. Son estos lugares a los cuales el Leviatán no tiene
acceso, y lo ronda con rabia. Es de modo inmediato la muerte. Aquí
dormita el máximo peligro: los hombres pierden el miedo. El
segundo poder fundamental es Eros; "allí donde dos personas
se aman, se sustraen al ámbito del Leviatán, crean un espacio no
controlado por él". El Eros también vive en la amistad, que
frente a las acciones tiránicas experimenta sus últimas pruebas.
Los pensamientos y sentimientos quedan encerrados en lo más íntimo
al armarse el individuo una fortificación que no permite escapar
nada al exterior; "En tales situaciones la charla con el
amigo de confianza no sólo puede consolar infinitamente sino
también devolver y confirmar el mundo en sus libres y justas
medidas". La necesidad entre sí de hombres testigos de que
la libertad todavía no ha desaparecido harán crecer las fuerzas
de la resistencia. Es por lo que el tirano busca disolver todo lo
humano, tanto en lo general y público, para mantener lo
extraordinario e incalculable, lejos.
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Este proceso de
devaluación de los valores supremos ha alcanzado, de algún modo,
caracteres de "perfección" en la actualidad. Esta
"perfección" del nihilismo hay que entenderla en la
acepción de Heidegger, compartida por Jünger, como aquella
situación en que este movimiento "ha apresado todas las
consistencias y se encuentra presente en todas partes, cuando nada
puede suponerse como excepción en la medida en que se ha
convertido en el estado normal." El agente inmediato de este
fenómeno radica en el desencuentro del hombre consigo mismo y con
su potencia divina. La obra de Jünger, en este sentido, da cuenta
del afán por radicar el fundamento del hombre.
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Uno de los síntomas
de nuestra época es el temor. Aquel temor que hace afirmar al
autor que toda mirada no es más que un acto de agresión y que
hace radicar la igualdad en la posibilidad que tienen los hombres
de matarse los unos a los otros. A lo anterior, hay que agregar la
inclinación a la violencia que desde el nacimiento todos traemos,
según lo señalado en su novela "Eumeswil" (1977). Por
eso el mundo se torna en imperfecto y hostil. Su historia no es
sino la de un cadáver acechado una y otra vez por enjambres de
buitres. Esta visión lúgubre de la realidad, en la que se
encuentra una reminiscencia schopenhaueriana, fue sin duda
alimentada por la experiencia personal del autor, testigo del
horror de dos guerras implacables que no hicieron más que coronar
e instaurar en el mundo el culto a la destrucción, al fanatismo y
la masificación del hombre. El avance de la técnica, a pesar de
los beneficios que conlleva, a juicio de Jünger tiene la
contrapartida de limitar la facultad de decisión de los hombres
en la medida en que a favor de los alivios técnicos van
renunciando a su capacidad de autodeterminación conduciendo,
luego, a un automatismo generalizado que puede llevar a la
aniquilación. La pregunta que surge entonces es cómo el hombre
puede superarlo, a través de que medios puede salvarse. La
respuesta de Jünger, en boca de uno de sus personajes
principales, el anarca Venator: la salvación está en uno mismo.
El anarca, que nada tiene que ver con el anarquista, expulsa de sí
a la sociedad, ya que tanto de ésta como del Estado poco cabe
esperar en la búsqueda de sí mismo. El no se apoya en nadie
fuera de su propio ser; su propósito es convertirse en soberano
de su propia persona, porque la libertad es, en el fondo,
propiedad sobre uno mismo.
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Aparecen en este
momento dos afirmaciones que pueden aparecer como contradictorias:
el hombre inclinado a la violencia desde su nacimiento, y el
hombre que debe penetrar en un conocimiento interior con el fin de
descubrir su forma divina. Jünger afirma que la riqueza del
hombre es infinitamente mayor de lo que se piensa. ¿Cómo
conciliar esto con el carácter perverso que le atribuye al mismo?
Al responder esto, el escritor apela a una instancia superior a la
que denomina Uno, Divinidad, lo Eterno, según lo que se colige
sobre todo en su obra posterior a 1950. La relación entre el
hombre y lo Absoluto, expuesta por el maestro alemán, se entiende
del siguiente modo: el ser, forma o alma de cada uno de nosotros
ha estado, desde siempre, es decir, antes de nacer, en el seno de
la Divinidad, y, después de la muerte, volverá a estar con ella.
Antes de nacer, es tal el grado de indeterminación de esa unidad
en lo Uno que el hombre no puede tener conciencia de la misma. Sólo
cuando el nacimiento se produce, el hombre se hace consciente de
su anterior unidad y busca desesperadamente volver a ella, al
sentirse un ser solitario. Es allí cuando debe dirigirse hacia sí
mismo, penetrar en su alma que es la eterna manifestación de lo
divino. En el conócete a ti mismo, el hombre puede acceder a la
forma que le es propia, proceso que para Jünger es un
"ver" que se dirige hacia el ser, la idea absoluta. Señala
en El trabajador que la forma es fuente de dotación de sentido, y
la representación de su presencia le otorga al hombre una nueva y
especial voluntad de poder, cuyo propósito radica en el
apoderamiento de sí mismo, en lo absoluto de su esencia, ya que
el objeto del poder estriba en el ser-dueño... En consecuencia,
en ese descubrimiento de ser atemporal e inalterable que le
confiere sentido, el hombre puede hacerse propietario de éste y
convertirse en un sujeto libre. En caso contrario, quien no posea
un conocimiento de sí mismo es incapaz de tener dominio sobre su
ser no pudiendo, por tanto, sembrar orden y paz a su alrededor. En
conclusión, esta inclinación a la violencia que surge con el
nacimiento del hombre, en otras palabras, con su separación de lo
Uno en la identidad primordial y primigenia dando lugar a la
negación de la Divinidad, puede ser dominada y contrarrestada en
la medida que el hombre se convierta en dueño de sí mismo, para
lo cual es fundamental el conocimiento de la forma que nos otorga
sentido.
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La sustancia histórica,
señala Jünger, radica en el encuentro del hombre consigo mismo.
Ese encuentro con el ser supratemporal que le dota de sentido lo
simboliza con el bosque. En su obra El tratado del rebelde afirma:
"La mayor vigencia del bosque es el encuentro con el propio
yo, con la médula indestructible, con la esencia de que se nutre
el fenómeno temporal e individual". Es, entonces, el lugar
donde se produce la afirmación de la Divinidad, al adquirir el
sujeto la conciencia misma como partícipe de la identidad con lo
Eterno.
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El Verbo, entendido
como "la materia del espíritu", es el más sublime de
los instrumentos de poder, y reposa entre las palabras y les da
vida. Su lugar es el bosque. "Toda toma de posesión de una
tierra, en lo concreto y en lo abstracto, toda construcción y
toda ruta, todos los encuentros y tratados tienen por punto de
partida revelaciones, deliberaciones, confirmaciones juradas en el
Verbo y en el lenguaje", enuncia en El tratado del rebelde.
El lenguaje es, en definitiva, un medio de dominación de la
realidad, puesto que a través de él aprehendemos sus formas últimas,
en la medida en que es expresión de la idea absoluta. En una época
tan abrumadoramente nihilista como la contemporánea, el propio
autor describe como el lenguaje va siendo lentamente desplazado
por las cifras.
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En la obra de Jünger,
el hombre que no acepta el "espíritu del tiempo" y se
"retira hacia sí mismo" en busca de su libertad, es un
rebelde. A partir de un ensayo de 1951, Jünger había propuesto
una figura de rebelde a las leyes de la sociedad instalada, el
Waldgänger que, según una antigua tradición islandesa, se
escapa a los bosques en busca de sí mismo y su libertad.
Posteriormente, el autor desarrolla la figura del rebelde en la
novela Eumeswil, publicada en 1977, definiendo la postura del
anarca, tipo que encarnaría el distanciamiento frente a los
peores aspectos del nihilismo actual; o como el único camino
digno a seguir para los hombres de verdad libres.
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Como en Heliópolis,
en Eumeswil, Jünger nos presenta un mundo aún por llegar: se
vive allí el estado consecutivo a los Grandes Incendios -una
guerra mundial, evidentemente- y a la constitución y posterior
disolución del Estado Mundial. Un mundo simplificado, en que
aparecen formas semejantes a las del pasado: los principados de
los Khanes, las ciudades-estados. El autor marca el carácter
postrero del ambiente que da a su novela, comparándola a la época
helenística que sigue a Alejandro Magno, una ciudad como Alejandría,
ciudad sin raíces ni tradición. De modo análogo, en la sociedad
de Eumeswil las distinciones de rangos, de razas o clases han
desaparecido; quedan sólo individuos, distinguidos entre ellos
por los grados de participación en el poder. Se posee aún la técnica,
pero como algo más bien heredado de los siglos creadores en este
dominio. La técnica permite, por ejemplo -siendo esto otro rasgo
alejandrino-, un gran acopio de datos sobre el pasado, pero este
pasado ya no se comprende.
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Se enfrentan en
Eumeswil dos poderes: el militar y el popular, demagógico, de los
tribunos. Del elemento militar ha salido el Cóndor, el típico
tirano que restablece el orden y, con él, las posibilidades de la
vida normal, cotidiana, de los habitantes. Pero se trata de un
puro poder personal, informe, que ya no puede restaurar la forma
política desvanecida. Por lo demás tampoco en Eumeswil se tiene
la ilusión de la gran política; no se trata siquiera de una
potencia, viviendo como vive bajo la discreta protección del Khan
Amarillo. En suma, son las condiciones de la civilización
spengleriana, las de toda época final en el decurso de las
culturas. "Masas sin historia", "Estados de fellahs",
como señala Jünger.
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El protagonista y
narrador de la novela es Martín Venator, "Manuelo" en
el servicio nocturno de la alcazaba del Cóndor. Es un historiador
de oficio: aplica al pasado sus cualidades de observador, y de allí
las reflexiones sobre el tiempo presente. Su modelo es, sin duda,
Tácito: senador bajo los Césares, celoso del margen de libertad
que aún puede conservar, escéptico frente a los hombres y frente
al régimen imperial. Venator también es camarero, barman en la
alcazaba: como en las cortes de otra época, el servicio personal
y doméstico al señor resulta ennoblecido. El camarero suele ser
asimismo un observador, y en este terreno se encuentra con el
historiador.
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El historiador se
retira voluntariamente al pasado, donde se encuentra en realidad
"en su casa", y en este modo se aparta de la política.
La derrota, el exilio, han sido a veces la condición de
desarrollo de una vocación historiográfica -Tucídides en la
Antigüedad, por ejemplo-, pero en otras ocasiones el historiador
ha tomado parte activa de las luchas de su tiempo. En la novela,
tanto el padre como el hermano del protagonista también son
historiadores, pero, a diferencia de éste, están ideológicamente
"comprometidos": son buenos republicanos, liberales
doctrinarios, cautos enemigos del Cóndor más ajenos al mundo de
los hechos que éste representa. Ellos deploran que
"Manuelo" haya descendido a tan humilde servicio al
tirano. Servicio fielmente prestado, pero en ningún caso
incondicional. Entre los enemigos del Cóndor están los
anarquistas: conspiran, ejecutan atentados... nada que la policía
del tirano no logre controlar. De ellos se diferencia claramente
Venator: no es un anarquista, es un anarca.
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La mejor definición
para la posición del anarca pasa por su relación y distinción
de las otras figuras, las otras individualidades que se alzan,
cada una a su modo, frente al Estado y la sociedad: el anarquista,
el partisano, el criminal, el solipsista; o también, del monarca
absoluto, como Tiberio o Nerón. Pues en el hombre y en la
historia hay un fondo irrenunciable de anarquía, que puede
aflorar o no a la superficie, y en mayor o menor grado, según los
casos. En la historia, es el elemento dinámico que evita el
estancamiento, que disuelve las formas petrificadas. En el hombre,
es esa libertad interior fundamental. De tal modo que el guerrero,
que se da su propia ley, es anárquico, mientras que el soldado
no. En aparente paradoja, el anarquista no es anárquico, aunque
algo tiene, sin duda. Es un ser social que necesita de los demás;
por lo menos de sus compañeros. Es un idealista que, al fin y al
cabo, resulta determinado por el poder. "Se dirige contra la
persona del monarca, pero asegura la sucesión".
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El anarca, por su
parte, es la "contrapartida positiva" del anarquista. En
propias palabras de Jünger: "El anarquista, contrariamente
al terrorista, es un hombre que en lo esencial tiene intenciones.
Como los revolucionarios rusos de la época zarista, quiere
dinamitar a los monarcas. Pero la mayoría de las veces el golpe
se vuelve contra él en vez de servirlo, de modo que acaba a
menudo bajo el hacha del verdugo o se suicida. Ocurre incluso, lo
cual es claramente más desagradable, que el terrorista que ha
salido con bien siga viviendo en sus recuerdos...El anarca no
tiene tales intenciones, está mucho más afirmado en sí mismo.
El estado de anarca es de hecho el estado natural que cada hombre
lleva en sí. Encarna más bien el punto de vista de Stirner, el
autor de El único y su propiedad ; es decir, que él es lo único.
Stirner dice: "Nada prevalece sobre mí". El anarca es,
de hecho, el hombre natural". No es antagonista del monarca,
sino más bien su polo opuesto. Tiene conciencia de su radical
igualdad con el monarca; puede matarlo, y puede también dejarlo
con vida. No busca dominar a muchos, sino sólo dominarse a sí
mismo. A diferencia del solipsista, cuenta con la realidad
exterior. No busca cambiar la ley, como el anarquista o el
partisano; no se mueve, como éstos en el terreno de las opciones
políticas o sociales. Tampoco busca trasgredir la ley, como el
criminal; se limita a no reconocerla. El anarca, pues, no es
hostil al poder, ni a la autoridad, ni a la ley; entiende las
normas como leyes naturales.
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No adhiere el
anarca a las ideas, sino a los hechos; es en esencia pragmático.
Está convencido de la inutilidad de todo esfuerzo ("tal vez
esta actitud tenga algo que ver con la sobresaturación de una época
tardía"). Neutral frente al Estado y a la sociedad, tiene en
sí mismo su propio centro. Los regímenes políticos le son
indiferentes; ha visto las banderas, ya izadas, ya arriadas. Jünger
afirma, además, que aquellas banderas son sólo diferentes en lo
externo, porque sirven a unos mismos principios, los mismos que
harán que " toda actitud que se aparte del sistema, sea
maldita desde el punto de vista racional y ético, y luego
proscrita por el derecho y la coacción." No obstante, el
anarca puede cumplir bien el papel que le ha tocado en suerte.
Venator no piensa desertar del servicio del Cóndor, sino, por el
contrario, seguir lealmente hasta el final. Pero porque él
quiere; él decidirá cuando llegue el momento. En definitiva, el
anarca hace su propio juego y, junto a la máxima de Delfos,
"conócete a ti mismo", elige esta otra: "hazte
feliz a ti mismo".
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La figura del
anarca resplandece verdaderamente, como la del hombre libre frente
al Estado burocrático y a la sociedad conformista de la
actualidad. Incluso aparece en algunas ocasiones en forma más
bien mezquina, a la manera del egoísmo de Stirner: "quien,
en medio de los cambios políticos, permanece fiel a sus
juramentos, es un imbécil, un mozo de cuerda apto para desempeñar
trabajos que no son asunto suyo". "(El anarca) sólo
retrocede ante el juramento, el sacrificio, la entrega última".
"Sólo cabe una norma de conducta" -dice Attila, médico
del Cóndor, anarca a su modo- "la del camaleón..."
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La cuestión es si
el anarca se constituye en una figura ejemplar para cierto tipo de
hombres que no se reconozcan en las producciones sociales últimas.
Pues si el anarca es la "actitud natural" -"el niño
que hace lo que quiere"-, entonces nos hallamos ante simples
situaciones de hecho que no tienen ningún valor normativo ni
ejemplar. Desde siempre los hombres han querido huir del dolor y
buscar lo agradable; por otro lado, apartarse de una sociedad
decadente y que llega a ser asfixiante es una cosa sana. Venator
invoca a Epicuro como modelo; debería referirse más bien a
Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la
escuela hedonista, quien proponía una vida radicalmente apolítica,
"ni gobernante ni esclavo", con la libertad y el placer
como únicos criterios. Jünger reconoce, y muy de buena gana, que
el tipo de anarca se encuentra, socialmente hablando, en el pequeño
burgués, piedra de tope de más de una corriente de pensamiento:
es ese artesano, ese tendero independiente y arisco frente al
Estado. La figura del anarca es más familiar al mundo anglosajón,
especialmente al norteamericano, con su sentido ferozmente
individualista y antiestatal: del cowboy solitario o del outlaw al
"objetor de conciencia". Están en la mejor línea del
anarca y el rebelde contra la masificación burocrática. Se sabe,
por supuesto, en qué condiciones sociales han florecido estos
modelos.
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Pero las sociedades
"posmodernas" actuales se distinguen por el más vulgar
hedonismo; su tipo no es el del "superhombre", sino el
del "último hombre" nietzscheano, el que cree haber
descubierto la felicidad. El tipo del "idealista" y del
"militante" pertenecen a etapas ya superadas; hoy, es el
individuo de las sociedades "despolitizadas", soft, que
toma lo que puede y rehusa todo esfuerzo. ¿Cuál es la diferencia
de este tipo de hombre con el anarca? La respuesta radica en que
el segundo está libre de todas las ataduras sentimentales, ideológicas
y moralistas que aún caracterizan al primero. En verdad, la
figura de Venator está históricamente condicionada: aparece en
una de esas épocas postreras en la cuales nada se puede ya
esperar. Lo que hay que esclarecer es si efectivamente nuestra
propia época es una de ellas. Pero lo dicho sobre el anarca tiene
un alcance mucho más universal: en cualquier tiempo y lugar se
puede ser anarca, pues "en todas partes reina el símbolo de
la libertad".
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La senda del anarca
termina en la retirada. Venator ha estado organizando una
"emboscadura" temporal -según lo que el mismo Jünger
recomendaba en Der Waldgang (1951)-, para el caso de caída del Cóndor.
Al final, seguirá a éste, con toda su comitiva, en una expedición
de caza a las selvas misteriosas más allá de Eumeswil: una
emboscadura radical, o la muerte, no se sabe el desenlace. Del
mismo modo, en Heliópolis, el comandante Lucius de Geer y sus
compañeros se retiran en un cohete, con destino desconocido. Pero
eso sí, después de haber luchado sus batallas, al igual que los
defensores de la Marina en Sobre los Acantilados de Mármol no
buscan refugio sino después de dura lucha con las fuerzas del
Gran Guardabosques. Pero ¿de qué se trata esta
"emboscadura"?
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El anarca hace lo
que Julius Evola, el gran pensador italiano, recomienda en su
libro Cabalgar el tigre: "La regla a seguir puede consistir,
entonces, en dejar libre curso a las fuerzas y procesos de la época,
permaneciendo firmes y dispuestos a intervenir cuando el tigre,
que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, esté fatigado de
correr". Lo que Evola llama "tigre", Jünger lo
denomina "Leviatán" o "Titanic".
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El anarca se retira
hacia sí mismo porque debe esperar su hora; el mundo debe ser
cumplido totalmente, la desacralización, el nihilismo y la entropía
deberán ser totales: lo que Vintila Horia llama
"universalización del desastre". Jünger enfatiza que
emboscarse no significa abandonar el "Titanic", puesto
que eso sería tirarse al mar y perecer en medio de la navegación.
Además: "Bosque hay en todas partes. Hay bosque en los
despoblados y hay bosque en las ciudades; en éstas, el emboscado
vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. Hay
bosque en el desierto y hay bosque en las espesuras. Hay bosque en
la patria lo mismo que lo hay en cualquier otro sitio donde
resulte posible oponer resistencia... Bosque es el nombre que
hemos dado al lugar de la libertad... La nave significa el ser
temporal; el bosque, el ser sobretemporal...". En la figura
del rebelde, por tanto, es posible distinguir dos denominaciones:
emboscado y anarca. El primero presentaría las coordenadas
espirituales, mientras el segundo da luces sobre su plasmación en
el "aquí y ahora". Jünger lo define más claramente:
"Llamamos emboscado a quien, privado de patria por el gran
proceso y transformado por él en un individuo aislado, está
decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la
lucha, una lucha que acaso carezca de perspectiva. Un emboscado
es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad...
El emboscado no permite que ningún poder, por muy superior que
sea, le prescriba la ley, ni por la propaganda, ni por la
violencia".
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El nihilismo y la
rebeldía... La figura del anarca es la de quien ha sobrevivido al
"fin de la historia" ("carencia de proyecto:
malestar o sueño"). El último hombre no puede expulsar al
anarca que convive junto a él. Su poder radica en su impecable
soledad y en el desinterés de su acción. Su sí y su no son
fatales para el mundo que habita. El anarca se presenta como la
victoria y superación del nihilismo. Las utopías le son ajenas,
pero no el profundo significado que se esconde tras ellas.
"El anarca no se guía por las ideas, sino por los hechos.
Lucha en solitario, como hombre libre, ajeno a la idea de
sacrificarse en pro de un régimen que será sustituído por otro
igualmente incapaz, o en pro de un poder que domine a otro
poder".
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El anarca ha
perdido el miedo al Leviatán, en el encuentro con la médula
indestructible que le dota de sentido para luego proyectarse y
reconocerse en el otro, en la amada, en el hermano, en el que
sufre y en el desamparado, puesto que Eros es su aliado y sabe que
no lo abandonará...
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La actitud del
anarca puede ser interpretada desde dos perspectivas, una activa y
otra pasiva. Esta última verá en la emboscadura, y en el anarca
que la realiza, la posibilidad de huir del presente y aislarse en
aquella patria que todos llevamos en nuestro interior; al decir de
Evola, la que nadie puede ocupar ni destruir. Pero no debe
confundirse la actitud del anarca como una simple huida: "Ya
hemos apuntado que ese propósito no puede limitarse a la
conquista de puros reinos interiores". Mas bien se trata de
otro tipo de acción, de un combate distinto, "donde la
actuación pasaría entonces a manos de minorías selectas que
prefieren el peligro a la esclavitud". Minorías que
entiendan que emboscarse es dar lucha por lo esencial, sin tiempo
y acaso sin perspectivas. Minorías que, como el propio Jünger lo
expresa, sean capaces de llevar adelante la plasmación de una
"nueva orden", que no temerá y, por el contrario,
gustará de pertenecer al bando de los proscritos, pues se funda
en la camaradería y la experiencia; orden que pueda llevar a buen
término la travesía más allá del "meridiano cero", y
se prepare a dar una lucha en el "aquí y ahora"...
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"En el seno del
gris rebaño se esconden lobos,
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es decir, personas
que continúan sabiendo lo
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que es la libertad.
Y esos lobos no son sólo
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fuertes en sí
mismos: también existe el peligro
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de que contagien sus
atributos a la masa,
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cuando amanezca un
mal día, de modo que el
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rebaño se convierta
en horda. Tal es la
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pesadilla que no
deja dormir tranquilos a los
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|
que tienen el
poder".
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Ernst Jünger
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BIBLIOGRAFÍA
1. Ernst Jünger:
Cuadernos del Proscrito,
Daniel Osorio, Revista Entreguerras, No. 8, Santiago de Chile,
Enero-Febrero-Marzo, 1994.
2. Consideraciones
sobre el anarca, E. J. A. Revista Ciudad de los Césares, N°.
28, Santiago de Chile, Enero / Febrero, 1993.
3.-Acerca
del Nihilismo; Sobre la línea, Ernst Jünger; Hacia
la pregunta del ser, Martin Heidegger, Ediciones Paidós,
Barcelona, 1994.
4.-Tratado
del rebelde, Ernst Jünger, Editorial Sur, Buenos Aires,
1963.
5.-Eumeswil,
Ernst Jünger, Editorial Seix Barral, España, 1977.
6.-Juegos
africanos, Ernst
Jünger, Editorial Guadarrama, Madrid, 1970.
7.-Visita
a Godenholm, Ernst Jünger, Editorial Alianza, Madrid,
1983.
8.-Diario
de guerra y ocupación, Ernst Jünger, Editorial Plaza y
Janés, Barcelona, 1972.
9.-Tempestades
de acero, Ernst Jünger, Editorial Fermín Uriarte, Madrid,
1965.
10.-Conversaciones
con Ernst Jünger, Julien Hervier, Fondo de Cultura Económica,
1990.
11.-Cavalcare
la tigre, Julius Evola, Editorial Vanni Scheiwiller,
Milano, 1973.
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