Habrá venido a visitarlo la muerte cuando él se encontraba con
la pluma en la mano? No sería de extrañar. Pero la pregunta,
de respuesta obvia, es casi retórica. Seguramente no lo es esta
otra: ¿por qué esta mañana habré pensado con tanta
intensidad en él, antes de que me llegara la infausta noticia?
El día comenzó como tantos otros en esta época en Bonn: cielo
bajo, nutricia cercanía del Rin, una ligera lluvia, casi
imperceptible. Además, hoy celebramos un cumpleaños familiar.
Antes de salir de casa estuve contemplando en el jardín los
rododendros, que él tanto amaba. Y entonces surgió la figura
de Ernst Jünger en su jardín mostrándome, una no lejana tarde
de otoño, sus rododendros. Ya no me abandonó su recuerdo.
Calle del Medio abajo, el
griterío de los pájaros llenaba de vida la calma de los
jardines de Bad Godesberg. ¿También en Wilflingen estarán tan
alegres y nerviosos? ¿Y las tortugas? Seguro que aún
permanecen en su sueño invernal.
Sobre una mesa auxiliar del
despacho, el último libro de Jünger, publicado hace pocos
meses. Es el volumen quinto de la serie de sus diarios titulada Pasados
los setenta. Ya lo he leído, pero ahora estoy paladeándolo.
Abarca los años 1991 a 1995 y contiene, por tanto, sus apuntes
de El Escorial. Y entonces, un recuerdo vivísimo. ¿Por qué,
por qué puso Jünger tanto interés en que me llegase enseguida
ese volumen? No se quedó tranquilo hasta que lo supo en mis
manos. Página 181, apuntes escritos en El Escorial el 4 de
julio de 1995: «A. y su mujer Roswitha nos cuidan a Taurita y a
mí como si fuéramos sus hijos». Es difícil contener la emoción.
En la misma página, una mención cariñosísima de Luis Fraga,
en parecidos términos.
He de preparar dos informes, pero
el trabajo se hace difícil. Los recuerdos se amontonan y, extrañamente,
me llenan de angustia. Procuro distraerme pensando en la
conversación del pasado viernes en Colonia con Guido Mensching,
durante la fiesta de despedida del hispanista König. Guido es
un experto en asuntos sardos; también Jünger lo era y escribió
innumerables páginas en sus diarios sobre la hermosa isla
italiana.
Anuncio de una llamada telefónica
de Stuttgart, que me llena de aprensión. Pero no: es Carlos
Segoviano, que me invita a la fiesta en honor de Jünger que la
Universidad de Heidelberg prepara para el próximo septiembre.
Casi inmediatamente después, una
llamada directa de la secretaria de Jünger. Tres palabras: «Jünger
ha muerto».
La tijera, una de las más
bellas obras de Jünger, página 143: «También la famosa frase
de la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios: 'Ahora
vemos por medio de espejo en enigma; pero después, cara a
cara', alude a las insuficiencias del tiempo. Se compara el ahora
con el después y se lo contrapone a él. Dos
perspectivas: ahora, aquende el muro del tiempo; después,
allende el muro del tiempo».
Sí, la muerte es una
perspectiva: allende el muro del tiempo. Infinita nostalgia de
traspasar ese muro; y, también, una vivísima curiosidad. Jünger
ya está viendo «cara a cara».
Apenas consigo balbucearle la
noticia a Christina, en la Editorial Tusquets. Poco después la
llamada de Ángel. Y estas líneas. Y las últimas palabras de
su último libro, casi autoirónicas, las postreras que publicó,
escritas en Wilflingen el 15 de diciembre de 1995. «El día
comienza con autógrafos; mi mujer escoge entre la
correspondencia las peticiones. Aún tengo una letra
presentable. Un viejo guerrero no tiembla».
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