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A veinte años
de la muerte de Cortazar, figura fundamental de la literatura
Julio, el
perseguidor o la mentira del tiempo
Por Juan
Sasturain
Publicado en Página 12, 12 Febrero 2004 , BS.As. Argentina
| El mismo
juego que alimenta varios de sus textos permitedesarmar la efemérides
oficial y descubrir uno, dos, varios aniversarios posibles. El
aspecto de eterna juventud de Julio Cortázar fue sólo una de las
muchas maneras en que se expresó su carácter atemporal, de
libertad en la vida y las letras.
Cortázar jugó
mucho con el tiempo; y el tiempo jugó y juega todavía con él, según
costumbre. Hoy su ingenio tan temido no se privaría de jodas y
paradojas ante tanto criollo fervor encendido por el burocrático
calendario, se reiría del homenaje puntual por los aniversarios en
cero: veinte de muerto, casi noventa de nacido y justo cuarenta de
Final del juego, si nos ponemos finos. |
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Disueltas
o postergadas hasta nuevo aviso o coyuntura las discusiones sobre
migraciones paranoicas y compromisos más o menos aparatosos, para esta
hora del unánime festejo Cortázar, como el Mudo, cada día escribe
mejor. Y hasta tiene una calle, hasta tiene su plaza. Como si el tiempo lo
hubiera alcanzado. Pero es mentira, claro.
Los que lo conocieron –y las fotos, que hacen lo que pueden–
atestiguan que además de ser un lindo tipo, interesante y altísimo, Cortázar
tenía un aspecto extraño, de descolocadora eterna juventud. En una foto
que se sacaron junto a Aurora Bernárdez –que le quedaba tan chiquita–
sentados y rígidos como una pareja egipcia tallada en la roca frente al
Nilo, tiene el aire marciano de un pendejísimo suplente blanco de un
equipo de la NBA. Y ya no era pibe. Y más aún sucede con las primeras
fotos de famoso, las excelentes que le hizo Sara Facio a mediados de los
sesenta después de la publicación de Rayuela –la que tiene el
Gauloises sin encender en los labios, por ejemplo– y sobre todo las de
José Gilbert, mordisqueando los anteojos, no son las de un tipo de más
de cincuenta años. Que los tenía. Cosa de la piel, dicen; y esos ojos
tan separados, también. Cuando se dejó una barba tardía, casi programática,
y asumió constantes anteojos de grueso marco negro –su look asociado
con los años setenta y los últimos años– no envejeció precisamente,
y sólo la leucemia que lo devastó al final hizo que entonces “casi por
primera vez –como dice un biógrafo–, empezara a parecerse a su
edad”. Y tenía setenta años. Otra vez, mentira.
Me animo a decir, haciendo un paralelo con su apariencia física, que Cortázar
estuvo (está) como desfasado. La palabra es horrible y él hubiera
preferido titular con “De la capacidad de estar al día llegando
tarde” o “Cómo mariposas, elefantes y cronopios miden (y tejen) el
tiempo con distintas agujas”. Pero el primer dato es que Cortázar
–que no era lerdo ni perezoso– es en apariencia un escritor tardío;
de publicación y reconocimiento demorados. Raro para un tipo moderno, que
lo era, o –mejor– que lo fue paradójicamente ya de grande. Porque en
Cortázar hay una cuestión de aceleración. Sería así: arrancó lento,
tardó en calentar (se), y sólo alcanzó su velocidad máxima, su
plenitud, cuando la mayoría ya afloja, se repite o se retira de la
Historia para mirarla pasar desde la silla en la vereda. Ahí, en cambio,
como el famoso Halcón Milenario que manejaban Harrison Ford y su mecánico
peludo en La Guerra de las Galaxias, Cortázar se tomó el piro. Acaso por
eso uno siente como cierta urgencia de saldar asignaturas pendientes
–consigo mismo y con la Historia, no con la literatura– en sus gestos
de los últimos quince años.
Poniéndolo en fechas, si se exceptúan –sin pérdida mayor– los
poemas prehistóricos que firmó Julio Denis y la edición paquetísima y
casi secreta de Los reyes, el primer libro de Cortázar en que ya es él
son los cuentos de Bestiario, una obra maestra del ‘51. Y tenía 37 años.
Claro que nos hemos enterado –después y sin (su) permiso– que existió
El examen y que hubo un Diario de Andrés Fava que bien podrían haber
quedado ahí encajonados, que no había necesidad –más allá del
negocio editorial– de raspar la olla.
La cuestión es que tras hacer su catálogo de monstruos ajenos y
permitirse soltar los interiores, ante el país irremediablemente tomado
él se toma el buque, tira la piedra y se lleva a esconder la mano a París.
A pucherear primero y a vivir bien después como traductor. A diferencia
delos yanquis de la generación perdida, que cayeron muy jóvenes, Cortázar
en los cincuenta –como Henry Miller en los treinta– llega grande y
tarde a una Capital del Mundo que empieza a serlo menos. De ahí que,
cuando una docena de años después termine y publique esa especie de
triatlón narrativo que es la extraordinaria Rayuela –ambientada en esos
primeros años de anclaje– haya, junto a la audacia de las ideas y la
escritura deslumbrante, algo de déja vu, de rancia impostación en esa
bohemia tardía y literaria del Club de la Serpiente. Aunque París haya
sido siempre A moveable feast –es paradójico que la tardía evocación
de Hemingway sea contemporánea de Rayuela– Cortázar no la vivió;
tampoco dijo haberlo hecho en su momento: el joven Julio, a los veinte años
no estaba ni en París ni On the road sino en Chivilcoy o Bolívar, chatos
pueblos donde se gestaba La traición de Rita Hayworth. Quiero decir:
Rayuela –por la que da la cara a los cincuenta años– es más un texto
programático que un registro existencial, como diría un fama
impostadamente crítico. Pero creo que algo de eso hay.
Volviendo a las fechas y a los (aparentes) atrasos: si el reconocimiento
le llega, en el ’63, con Rayuela –tarde en el almanaque pero
coincidente con su máximo esfuerzo en todo sentido– hay otra fecha más
importante que me animaría a postular como bisagra personal sin temor a
errarle el vizcachazo: 1959, cuando publica en Buenos Aires Las armas
secretas. Para ese entonces –el testimonio de Paco Porrúa, amigo y
sagaz editor de Sudamericana es revelador– Julio Cortázar no existía
en las librerías ni en el reconocimiento crítico. Había publicado
fantasmalmente unos cuentos más en México –que después engrosarían
Final del juego en el ‘64– pero su realidad editorial eran las pilas y
pilas de ejemplares del pequeño Bestiario que languidecían desde hacía
ocho años, en sintomática e inmejorable compañía de otros tantos de
Nadie encendía las lámparas, La vida breve y Adán Buenosayres en el
increíble depósito de un sello que vendía Lin Yutang a patadas mientras
Felisberto, Onetti y Marechal se morían de frío tras una década de
telarañas en el sótano. Hasta ese año 59.
Ahí me gustaría poner el corte básico. Porque hace ahora 45 años,
porque él también tenía 45 años, y porque es la obvia mitad de los
noventa que hace que nació belga. Ese año, en el volumen Las armas
secretas, Cortázar publicó un cuento largo, casi una nouvelle, que no se
parecía en nada a los perfectos relatos fantásticos que había tallado
hasta entonces: El perseguidor. Y a partir de ahí nada sería igual. Ni
para él ni para los lectores. La historia de Johnny Carter, el saxo alto
obsesionado por el tiempo, capaz de decir “esto lo toqué mañana” y
de llegar con su música a patear la puerta que da al Otro Lado, abrir una
rendija, una grieta en la Gran Costumbre de la baba cotidiana y la mentira
racionalista es de las que no se olvidan. Para Cortázar significó en sus
palabras –sin mayúsculas sabatianas– simplemente el descubrimiento
del prójimo. Por primera vez el personaje determinaba la forma y
estructura del relato y no ilustraba las necesidades de una trama.
Es sabido: la historia que cuenta Bruno –el crítico de jazz, el biógrafo,
el eterno espectador, el condenado a explicar tarde y mal lo que el otro
simple y dolorosamente vive– sigue con apenas distorsionada puntualidad
los últimos tramos de la vida de Charlie Parker –in memoriam Ch. P.
dice un acápite– y el histórico episodio del colapso nervioso durante
la interpretación de Lover man es aquí una versión de Amorous.
Transcurre en París y no en New York; su mujer Chan es Lan en el cuento,
pero la hijita se le muere igual y la baronesa Pannonica –convertida en
la marquesa Tica– presta su departamento para el último acto. Johnny,
como Charlie, muere mirando la tele. Por piedad o pudor, Cortázar no
habla de heroína. Alcanza con alcohol más marihuana. Todos los temas de
Rayuela están ya en El perseguidor. Y como Johnny, el mismo Cortázar se
asumirá perseguidor, no perseguido. Abandonará cierto esquematismo de la
mayoría de sus relatos, susceptibles de ser leídos en clave sociológica
o psicoanalítica paranoica, para zambullirse –una vez que hay un otro,
un prójimo– en la Historia y la jodona y nunca solemne busca metafísica.
No siempre los resultados literarios estarán a la altura del gesto. Pero
responderá al mandato apocalíptico –es el otro acápite de El
perseguidor–: Sé fiel hasta la muerte.
Tres propuestas para el final. Una: si tuviera que recortar un corpus
julius, yo cortaría y me quedaría con el segmento 1951-67. De Bestiario
al extraordinario La vuelta al día en ochenta mundos. Ahí no sobra nada.
Y es un bazar de maravillas, con sus cuatro libros de cuentos perfectos,
las mejores novelas –Los premios y Rayuela– y la mejor miscelánea con
las Historias de cronopios y de famas y La vuelta.... Son, en general, las
cosas que escribió entre los treinta y los cincuenta años. El resto
bastaría para hacer dos o tres buenos escritores más, pero no un Cortázar
mejor.
Otra: leer a Cortázar al revés, de atrás para adelante, viaje a la
semilla. Empezar por los efusivos y desparejos poemas de Salvo el crepúsculo,
las ideas fragmentarias de Los autonautas de la cosmopista escrito con la
amada Carol Dunlop, los cuentos de Deshoras y los chistes algo ingenuos de
Un tal Lucas. Ilusionarse con los relatos de Alguien que anda por ahí
pero no con Octaedro. Acompañarlo en su fervor militante y obsesión erótica
de Libro de Manuel para –tras soslayar Ultimo round– encontrarlo pleno
de brillo, gracia y sabia pedantería en La vuelta al día en ochenta
mundos y, a partir de ahí, disfrutarlo en plena madurez de su obra mayor
hasta incluso lo último, el despojamiento clásico de Los reyes. Este
juego –un poco cruel– no le desagradaría.
La última: leer a Cortázar a contratiempo y a contrapelo, con un tablero
de dirección como el de Rayuela que arranque con El perseguidor como vértice
inferior y vaya abriéndose en ramas como un arbolito –uno para
adelante, uno para atrás– como quien teje y mira el dibujo después a
ver cómo queda.
Síganlo. No los va a defraudar.
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