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De
otra máquina célibe (Rayuel-o-matic)
Julio Cortazar
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Fabriquées à
partir du langage, les machines sont cette
fabrication en acte; elles sont leur propre naissance répétée
en elles-mêmes; entre leurs tubes, leurs roues dentées, leurs
systèmes de métal, I'écheveau de leurs fils, elles emboîtent
le procedé dans lequel elles sont emboîtés.
Michel Foucault,
Raymond Roussel
N'est-ce pas des
Indes que Raymond Roussel envoya un
radiateur électrique à une amie qui lui demandait un
souvenir rare de là-bas?
Roger Vitrac, Raymond
Roussel
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Michel Sanouillet, Marchand du sel
Le Terrain Vague, París, 1958, p.7 |
No
tengo a mano los medios de comprobarlo, pero en el libro de Michel
Sanouillet sobre Marcel Duchamp se afirma que el marchand du
sel estuvo en Buenos Aires en 1918. Por misterioso que
parezca, ese viaje debió responder a la legislación de lo
arbitrario cuyas cloves seguimos indagando algunos irregulares de
la literatura, y por mi parte estoy seguro de que su fatalidad la
prueba la primera página de las Impressions d'Afrique:
"El 15 de marzo de 19..., con la intención de hacer un largo
viaje por las curiosas regiones de la América del Sud, me embarqué
en Marsella a bordo del Lyncée, rápido paquebote de gran
tonelaje destinado a la línea de Buenos Aires." Entre los
pasajeros que llenarían con la poesía de lo excepcional el libro
incomparable de Raymond Roussel, no podía faltar Duchamp que debió
viajar de incógnito pues jamás se habla de él, pero que sin
duda jugó al ajedrez con Roussel y habló con la bailarina Olga
Tchewonenkoff cuyo primo, establecido desde joven en la República
Argentina, acababa de morir dejándole una pequeña fortuna
amasada con plantaciones de (sic) café. Tampoco cube dudar de que
Duchamp trabara amistad con personas tales como Balbet, campeón
de pistola y esgrima, con La Ballandière-Maisonnial, inventor de
un florete mecánico, y con Luxo, pirotécnico que iba a Buenos
Aires para lanzar en las bodas del joven barón Ballesteros un
fuego artificial que desplegaría la imagen del novio en el
espacio, idea que según Roussel denunciaba el rastacuerismo del
millonario argentino pero que, agrega, no carecía de
originalidad. Menos probable me parece que se relacionara con los
miembros de la compañía de operetas o con la trágica italiana
Adinolfa, pero es seguro que habló largamente con el escultor
Fuxier, creador de imágenes de humo y de bajorrelieves líquidos;
en resumen, no es difícil deducir que buena parte de los
pasajeros del Lyncée debieron interesar a Duchamp y
beneficiarse a su vez del contacto con alguien que de alguna
manera los contenía virtualmente a todos. |
Jean Schuster, Marcel Duchamp, vite,
en Bizarre, No. 34/5, 1964 |
Como es lógico,
la crítica seria sabe que todo esto no es posible, primero
porque el Lyncée era un navío imaginario, y segundo
porque Duchamp y Roussel no se conocieron nunca (Duchamp cuenta
que vio una sola vez a Roussel en el café de La Régence,
el del poema de César Vallejo, y que el autor de Locus Solus
jugaba al ajedrez con un amigo. "Creo que omití
presentarme", agrega Duchamp). Pero hay otros para quienes
esos inconvenientes físicos no desmienten una realidad más digna
de fe. No solamente Duchamp y Roussel viajaron a Buenos Aires,
sino que en esta ciudad habría de manifestarse una réplica
futura enlazada con ellos por razones que tampoco la crítica
seria tomaría demasiado en cuenta. Juan Esteban Fassio abrió el
terreno preparatorio inventando en pleno Buenos Aires una máquina
para leer las Nouvelles impressions d'Afrique en la misma
época en que yo, sin conocerlo, escribía los primeros monólogos
de Persio en Los premios apoyándome en un sistema de
analogías fonéticas inspirado por el de Roussel; años más
tarde Fassio se aplicaría a crear una nueva máquina destinada a
la lectura de Rayuela, completamente ajeno al hecho de que
mis trabajos más obsesionantes de esos años en París eran los
raros textos de Duchamp y las obras de Roussel. Un doble impulso
abierto convergía poco a poco hacia el vértice austral donde
Roussel y Duchamp volverían a encontrarse en Buenos Aires cuando
un inventor y un escritor que quizá años atrás también se habían
mirado de lejos en algún café del centro, omitiendo presentarse,
coincidieran en una máquina concebida por el primero para
facilitar la lectura del segundo. Si el Lyncée naufragó
en las costas africanas, algunos de sus prodigios llegaron a estas
tierras y la prueba está en lo que sigue, que se explicará como
en broma para despistar a los que buscan con cara solemne el
acceso a los tesoros.
Cronopios, vino tinto y cajoncitos
Por Paco y Sara Porrúa, dos lados del
indefinible polígono que va urdiendo mi vida con otros lados que
se llaman Fredi Guthmann, Jean Thiercelin, Claude Tarnand y Sergio
de Castro (puede haber otros que ignoro, partes de la figura que
se manifestarán algún día o nunca), conocí a Juan Esteban
Fassio en un viaje a la Argentina, creo que hacia 1962. Todo empezó
como debía, es decir en el café de la estación de Plaza Once,
porque cualquiera que tenga un sentimiento sagaz de lo que es el
café de una estación ferroviaria comprenderá que allí los
encuentros y los desencuentros tenían que darse de entrada en un
territorio marginal, de tránsito, que eran cosa de borde.
Esa tarde hubo como una oscura voluntad material y espesa, un
alquitrán negativo contra Sara, Paco, mi mujer y yo que debíamos
encontrarnos a esa hora y nos desencontramos, nos telefoneamos,
buscamos en las mesas y los andenes y acabamos por reunirnos al
cabo de dos horas de interminables complicaciones y una sensación
de estar abriéndonos paso los unos hacia los otros como en las
peores pesadillas en que todo se vuelve postergación y goma. El
plan era ir desde allí a la casa de Fassio, y si en el momento no
sospeché el sentido de la resistencia de las cosas a esa cita y a
ese encuentro, más tarde me pareció casi fatal en la medida en
que todo orden establecido se forma en cuadro frente a una
sospecha de ruptura y pone sus peores fuerzas al servicio de la continuación.
Que todo siga como siempre es el ideal de una realidad a la medida
burguesa y burguesa ella misma (por ser de medida); Buenos Aires y
especialmente el café del Once se coaligaron sordamente para
evitar un encuentro del que no podía salir nada bueno para la República.
Pero lo mismo llegamos a la calle Misiones (hay nombres que...), y
antes de las ocho de la noche estábamos bebiendo el primer vaso
de vino tinto con el Proveedor Propagador en la Mesembrinesia
Americana, Administrador Antártico y Gran Competente OGG, además
de regente de la cátedra de trabajos prácticos rousselianos.
Tuve en mis manes la máquina para leer las Nouvelles
impressions d'Afrique, y también la valija de Marcel Duchamp;
Fassio, que hablaba poco, servía en cambio unos sándwiches de
tamaño natural y mucho vino tinto, y acabó sacando una kodak del
tiempo de los pterodáctilos con la que nos fotografió a todos
debajo de un paraguas y en otras actitudes dignas de las
circunstancias. Poco después volví a Francia, y dos años más
tarde me llegaron los documentos, anunciados sigilosamente
por Paco Porrúa que había participado con Sara en la etapa
experimental de la lectura mecánica de Rayuela. No me
parece inútil reproducir ante todo el membrete y encabezamiento
de la trascendental comunicación:
Seguían diversos
diagramas, proyectos y diseños, y una hojita con la explicación
general del funcionamiento de la máquina, así como fotos de los
cientificos de las Subcomisiones Electrónica y de Relaciones
Patabrownianas en plena labor. Personalmente nunca entendí
demasiado la máquina, porque su creador no se dignó facilitarme
explicaciones complementarias, y como no he vuelto a la Argentina
sigo sin comprender algunos detalles del delicado mecanismo.
Incluso sucumbo a esta publicación quizá prematura e inmodesta
con la esperanza de que algún lector ingeniero descifre los
secretes de la RAYUEL-O-MATIC, como se denomina la máquina en uno
de los diseños que, lo diré abiertamente, me parece culpable de
una frívola tendencia a introducirla en el comercio, sobre todo
por la nota que aparece al pie:
Se habrá
advertido que la verdadera máquina es la que aparece a la
izquierda; el mueble con aire de triclinio es desde luego un aflténtico
triclinio, puesto que Fassio comprendió desde un comienzo que Rayuela
es un libro para leer en la cama a fin de no dormirse en otras
posiciones de luctuosas consecuencias. Los diseños 4 y 5 ilustran
admirablemente esta ambientación favorable, sobre todo el número
5 donde no faltan ni el mate ni el porrón de ginebra ( juraría
que también hay una tostadora eléctrica, lo que me parece una
pituquería):
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En una referencia complementaria se alude a un botón G, que el
lector apretará en un caso extremo, y que tiene por función
hacer saltar todo el aparato
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Nunca
entenderé por qué algunos diseños venían numerados mientras
otros se dejaban situar en cualquier parte, que he imitado
respetuosamente. Pienso que éste dará una idea general de la máquina:
No hay que
ser Werner von Braun para imaginar lo que guardan las gavetas,
pero el inventor ha tenido buen cuidado de agregar las
instrucciones siguientes:
A — Inicia el funcionamiento a partir del capítulo73 (sale la
gaveta 73 ); al cerrarse ésta se abre la No. l, y así
sucesivamente. Si se desea interrumpir la lectura, por ejemplo en
mitad del capítulo 16, debe apretarse el botón antes de cerrar
esta gaveta.
B — Cuando se quiera reiniciar la lectura a partir del momento
en que se ha interrumpido, bastará apretar este botón y
reaparecerá la gaveta No. 16, continuándose el proceso.
C — Suelta todos los resortes, de manera que pueda elegirse
cualquier gaveta con sólo tirar de la perilla. Deja de funcionar
el sistema eléctrico.
D — Botón destinado a la lectura del Primer Libro, es decir,
del capítulo 1 al 56 de corrido. Al cerrar la gaveta No. 1, se
abre la No. 2, y así sucesivamente.
E — Botón para interrumpir el funcionamiento en el momento que
se quiera, una vez llegado al circuito final: 58 - 131 - 58 - 131
- 58, etcétera.
F — En el modelo con cama, este botón abre la parte inferior,
quedando la cama preparada.
Los diseños 1, 2 y 3 permiten apreciar el
modelo con cama, así como la forma en que sale y se abre esta última
apenas se aprieta el botón F.
Atento a las previsibles exigencies estéticas
de los consumidores de nuestras obras, Fassio ha previsto modelos
especiales de la máquina en estilo Luis XV y Luis XVI.
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En
la imposibilidad de enviarme la máquina por razones logísticas,
aduaneras e incluso estratégicas que el Colegio
de Patafisíca no está en condiciones ni en ánimo de
estudiar, Fassio acompañó los diseños con un gráfico
de la lectura de Rayuela (en la cama o sentado).
La
interpretación general no es difícil: se indican
claramente los puntos capitales comenzando por el de
partida (73), el capítulo emparedado (55) y Los dos capítulos
del ciclo final (58 y 131). De la lectura surge una
proyección gráfica bastante parecida a un garabato,
aunque quizá los técnicos puedan explicarme algún día
por qué los pesos se amontonan tanto hacia los capítulos
54 y 64. El análisis estructural utilizará con provecho
estas proyecciones de apariencia despatarrada; yo le deseo
buena suerte.
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Extraído de "La vuelta al día
en ochenta mundos" de Julio Cortázar, publicado en 1967 por
Siglo XXI. © |
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