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La prosa
del observatorio*
Julio Cortazar
Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda
hora, agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre, no por
encima o detrás sino entre, esa hora orificio a la que se accede al
socaire de las otras horas, de la incontable vida con sus horas de frente
y de lado, su tiempo para cada cosa, sus cosas en el preciso tiempo, estar
en una pieza de hotel o de un andén, estar mirando una vitrina, un perro,
acaso teniéndote en los brazos, amor de siesta o duermevela, entreviendo
en esa mancha clara la puerta que se abre a la terraza, en una ráfaga
verde la blusa que te quitaste para darme la leve sal que tiembla en tus
senos, y sin aviso, sin innecesarias advertencias de pasaje, en un café
del barrio latino o en la última secuencia de una película de Pabst, un
arrimo a lo que ya no se ordena como dios manda, acceso entre dos
ocupaciones instaladas en el nicho de sus horas, en la colmena día, así
o de otra manera (en la ducha, en plena calle, en una sonata, en un
telegrama) tocar con algo que no se apoya en los sentidos esa brecha en la
sucesión, y tan así, tan resbalando, las anguilas, por ejemplo, la región
de los sargazos, las anguilas y también las máquinas de mármol, la
noche de Jai Singh bebiendo un flujo de estrellas, los observatorios bajo
la luna de Jaipur y de Delhi, la negra cinta de las migraciones, las
anguilas en plena calle o en la platea de un teatro, dándose para el que
las sigue desde las máquinas de mármol, ese que ya no mira el reloj en
la noche de París; tan simplemente anillo de Moebius y de anguila y de máquinas
de mármol, esto que fluye ya en una palabra desatinada, desarrimada, que
busca por sí misma, que también se pone en marcha desde sargazos de
tiempo y semánticas aleatorias, la migración de un verbo: discurso,
decurso, las anguilas atlánticas y las palabras anguilas, los relámpagos
de mármol de las máquinas de Jai Singh, el que mira los astros y las
anguilas, el anillo de Moebius circulando en sí mismo, en el océano, en
Jaipur, cumpliéndose otra vez sin otras veces, siendo como lo es el mármol,
como lo es la anguila: comprenderás que nada de eso puede decirse desde
aceras o sillas o tablados de la ciudad; comprenderás que sólo así,
cediéndose anguila o mármol, dejándose anillo, entonces ya no se está
entre los sargazos, ..hay decurso, eso pasa: intentarlo, como ellas en la
noche atlántica, como el que busca las mensuras estelares, no para saber,
no para nada; algo como un golpe de ala, un descorrerse, un quejido de
amor y entonces ya, entonces tal vez, entonces por eso sí.
Desde luego inevitable metáfora, anguila o estrella, desde luego perchas
de la imagen, desde luego ficción, ergo tranquilidad en bibliotecas y
butacas; como quieras, no hay otra manera aquí de ser un sultán de
Jaipur, un banco de anguilas, un hombre que levanta la cara hacia lo
abierto en la noche pelirroja. Ah, pero no ceder al reclamo de esa
inteligencia habituada a otros envites: entrarle a palabras, a saco de vómito
de estrellas o de anguilas; que lo dicho sea, la lenta curva de las máquinas
de mármol o la cinta negra hirviente nocturna al asalto de los estuarios,
y que no sea por solamente dicho, que eso que fluye o converge o busca sea
lo que es -y no lo que se dice: perra aristotélica, que lo binario que te
afila los colmillos sepa de alguna manera su innecesidad cuando otra
esclusa empieza a abrirse en mármol y en peces, cuando Jai Singh con un
cristal entre los dedos es ese pescador que extrae de la red, estremecida
de dientes y de rabia, una anguila que es una estrella que es una anguila
que es una estrella que es una anguila.
Así la galaxia negra corre en la
noche como la otra dorada allá arriba en la noche corre inmóvilmente:
para que buscar más nombres, más ciclos cuando hay estrellas, hay
anguilas que nacen en las profundidades atlánticas y empiezan, porque de
alguna manera hay que empezar a seguirlas, a crecer, larvas translúcidas
notando entre dos aguas, anfiteatro hialino de medusas y plancton, bocas
que resbalan en una succión interminable, los cuerpos ligados en la ya
serpiente multiforme que alguna noche cuya hora nadie puede saber ascenderá
leviatán, surgirá kraken inofensivo y pavoroso para iniciar la migración
a ras de océano mientras la otra galaxia desnuda su bisutería para el
marino de guardia que a través del gollete de una botella de ron o de
cerveza entreve su indiferente monotonía y maldice a cada trago un
destino de singladuras, un salario de hambre, una mujer que estará
haciendo el amor con algún otro en los puertos de la vida.
Es así: Johannes Schmidt, danés,
supo que en las terrazas de un Elsinor moviente, entre los 22 y los 30
grados de latitud norte y entre los 48 y los 65 de longitud oeste, el
recurrente súcubo del mar de los sargazos era más que él fantasma de un
rey envenenado y que allí, inseminada al término de un ciclo de lentas
mutaciones, las anguilas que tantos años vivieron al borde de los filos
del agua vuelven a sumergirse en la tiniebla de cuatrocientos metros de
profundidad, ocultas por medio kilómetro de lenta espesura silenciosa
ponen sus huevos y se disuelven en una muerte por millones de millones,
moléculas del plancton que ya las primeras larvas sorben en la palpitación
de la vida incorruptible. Nadie puede ver esa última danza de muerte y de
renacimiento de la galaxia negra, instrumentos guiados desde lejos habrán
dado a Schmidt un acceso precario a esa matriz del océano, pero Pitón ya
ha nacido, las larvas diminutas y aceitadas, «Anguilla anguilla»,
perforan lentamente el muro verde, un caleidoscopio gigantesco las combina
entre cristales y medusas y bruscas sombras de escualos o cetáceos. Y
también ellas entrarán en una lengua muerta, se llamarán leptocéfalos,
ya es primavera en las espaldas del océano y la pulsión estacional ha
despertado en lo más hondo el enderezarse de las miriadas microscópicas,
su ascenso hacia aguas más tibias y más azules, el arribo al fabuloso
nivel desde donde la serpiente va a lanzarse hacia nosotros, va a venir
con billones de ojos dientes lomos colas bocas, inconcebible por
demasiado, absurda por cómo, por por qué, pobre Schmidt.
Todo se responde, pensaron con un
siglo de intervalo Jai Singh y Baudelaire, desde el mirador de la más
alta torre del observatorio el sultán debió buscar el sistema, la red
cifrada que le diera las claves del contacto. Cómo hubiera podido ignorar
que el animal Tierra se asfixiaría en una lenta inmovilidad si no
estuviera desde siempre en el pulmón de acero astral, la tracción
sigilosa de la luna y del sol atrayendo y rechazando el pecho verde de las
aguas. Inspirado, expirado por una potencia ajena, por la gracia de un
vaivén que desde resortes fuera de toda imaginación se vuelve mensurable
y como al alcance de una torre de mármol y unos ojos de insomnio, el océano
alienta y dilata sus alvéolos, pone en marcha su sangre renovada que
rompe rabiosa en los farallones, dibuja sus espirales de materia
fusiforme, concentra y dispersa los oleajes, las anguilas, ríos en el
mar, venas en el pulmón índigo, las corrientes profundas batallan por el
frío o por el calor, a cincuenta metros de la superficie los leptocéfalos
son embarcados por el vehículo hialino, durante más de tres años surcarán
la tubería de precisos calibres térmicos, treinta y seis meses la
serpiente de incontables ojos resbalará bajo las quillas y las espumas
hasta las costas europeas. Cada signo de mensura en las rampas de mármol
de Jaipur recibió (recibe siempre, ya para nadie, para monos y turistas)
los signos morse, el alfabeto sideral que en otra dimensión de lo
sensible se vuelve plancton, viento alisio, naufragio del petrolero
californiano «Norman» (8 de mayo de 1957), eclosión de los cerezos de
Naga o de Sivergues, lavas del Osomo, anguilas llegando a puerto, leptocéfalos
que después de alcanzar ocho centímetros en tres años no sabrán que su
ingreso en aguas más dulces acciona algún mecanismo de la tiroides,
ignorarán que ya empiezan a llamarse angulas, que nuevas palabras
tranquilizadoras acompañan el asalto de la serpiente a los arrecifes, el
avance a los estuarios, la incontenible invasión de los ríos; todo eso
que no tiene nombre se llama ya de tantas maneras, como Jai Singh
permutaba destellos por fórmulas, órbitas insondables por concebibles
tiempos.
«Marzo e pazzo», dice el
proverbio italiano; «en abril, aguas mil», agrega la sentencia española.
De locura y de aguas mil está hecho el asalto a los ríos y a los
torrentes, en marzo y en abril millones de angulas ritmadas por el doble
instinto de la oscuridad y la lejanía aguardan la noche para encauzar el
pitón de agua dulce, la columna flexible que se desliza en la tiniebla de
los estuarios, tendiendo a lo largo de kilómetros una lenta cintura desceñida;
imposible prever dónde, a qué alta hora la informe cabeza toda ojos y
bocas y cabellos abrirá el deslizamiento río arriba, pero los últimos
corales han sido salvados, el agua dulce lucha contra una desfloración
implacable que la toma entre légamos y espumas, las angulas vibrantes
contra la corriente se sueldan en su fuerza común, en su ciega voluntad
de subir, ya nada las detendrá, ni ríos ni hombres ni esclusas ni
cascadas, las múltiples serpientes al asalto de los ríos europeos dejarán
miriadas de cadáveres en cada obstáculo, se segmentarán y retorcerán
en las redes y los meandros, yacerán de día en un sopor profundo,
invisibles para otros ojos, y cada noche reharán el hirviente tenso cable
negro y como guiadas por una fórmula de estrellas, que Jai Singh pudo
medir con cintas de mármol y compases de bronce, se desplazarán hacia
las fuentes fluviales, buscando en incontables etapas un arribo del que
nada saben, del que nada pueden esperar; su fuerza no nace de ellas, su
razón palpita en otras madejas de energía que el sultán consultó a su
manera, desde presagios y esperanzas y el pavor primordial de la bóveda
llena de ojos y de pulsos.
El profesor Maurice Fontaine, de
la Academia de Ciencias de Francia, piensa que el imán del agua dulce que
desesperadamente atrae a las angulas obligándolas a suicidarse por
millones en las esclusas y las redes para que el resto pase y llegue, nace
de una reacción de su sistema neurendocrino frente al adelgazamiento y a
la deshidratación que acompaña la metamórfosis de los leptocéfalos en
angulas. Bella es la ciencia, dulces las palabras que siguen el decurso de
las angulas y nos explican su saga, bellas y dulces e hipnóticas como las
terrazas plateadas de Jaipur donde un astrónomo manejó en su día un
vocabulario igualmente bello y dulce para conjurar lo innominable y
verterlo en pergaminos tranquilizadores, herencia para la especie, lección
de escuela, barbitúrico de insomnios esenciales, y llega el día en que
las angulas se han adentrado en lo más hondo de su cópula hidrográfica,
espermatozoides planetarios ya en el huevo de las altas lagunas, de los
estanques donde sueñan y se reposan los ríos y los tortuosos falos de la
noche vital se acalman, se acaman, las columnas negras pierden su flexible
erección de avance y búsqueda, los individuos nacen a sí mismos, se
separan de la serpiente común, tantean por su cuenta y riesgo los
peligrosos bordes de las pozas, de la vida; empieza, sin que nadie pueda
conocer la hora, el tiempo de la anguila amarilla, la juventud de la raza
en su territorio conquistado, el agua al fin amiga ciñendo sin combate
los cuerpos que reposan.
Y crecen. Durante dieciocho años,
plácidas en sus huecos, en sus nichos, aletargadas en el limo, rozándose
en una lenta ceremonia para nadie, salpicando el aire con un aletazo y un
cabrilleo, devorando incesantes los jugos de la profundidad, repitiendo
durante dieciocho años el deslizamiento solapado que las lleva en una
fracción de segundo, durante dieciocho años, al fragmento comestible, a
la materia orgánica en suspensión, solitarias soñolientas o
violentamente concertadas para despedazar una presa y rechazarse en un
frenético desbande, las anguilas crecen y cambian de color, la pubertad
las asalta como un latigazo y las transforma cromáticamente, el mimético
amarillo de los légamos cede poco a poco al mercurio, en algún momento
la anguila plateada prismará el primer sol del día con un rápido giro
de su espalda, el agua turbia de los fondos deja entrever los espejos
fusiformes que se replican y desdoblan en una lenta danza: ha llegado la
hora en que cesarán de comer, prontas para el ciclo final, la anguila
plateada espera inmóvil la llamada de algo que la señorita Callamand
considera, al igual que el profesor Fontaine, un fenómeno de interacción
neuroendocrina: de pronto, de noche, al mismo tiempo, todo río es río
abajo, de toda fuente hay que huir, tensas aletas rasgan furiosamente el
filo del agua: Nietzsche, Nietzsche.
Primero hay una fase de excitación,
una como noticia o santo y seña que alborota: dejar los juncos, las
pozas, dejar dieciocho años de hueco entre roca, volver. Alguna remota
ecuación química guarda la memoria velada de los orígenes, una
constelación ondulante de sargazos, la sal en las fauces, el calor atlántico,
los monstruos al acecho, las medusas teléfono o paracaídas, el guante
atontado del octopus. Retomar al fragor silencioso de las corrientes
submarinas, sus venas sin escape; también el cielo es así en las noches
despejadas cuando las estrellas se amalgaman en una misma presión,
conjuradas y hostiles, negándose al recuento, a las nomenclaturas,
oponiendo una aterciopelada inalcanzabilidad a la lente que las circunda y
abstrae, metiéndose de a diez, de a cien en un mismo campo visual,
obligando a Jai Singh a bañarse los párpados con el bálsamo que su médico
extrae de hierbas enraizadas en los mitos del cielo, en los crueles,
alegres juegos de las deidades hartas de inmortalidad.
Después, según estima la señorita Callamand, sigue una fase de
desmineralización, las anguilas se vuelven amorfas, se abandonan a las
corrientes, el verano se acaba, las hojas secas flotan con ellas río
abajo, a veces una metralla de lluvia las alcanza y despierta, las
anguilas resbalan con el río, se protegen de la lluvia y el perfil
amenazante de las nubes, desmineralizadas y amorfas ceden a la
imperceptible pendiente que las acerca a los estuarios y a la avidez de
quienes esperan en las curvas del río, el hombre está ahí, codicioso de
la anguila plateada, la mejor de las anguilas, atrapando sin lucha las
anguilas desmineralizadas y amorfas abandonadas a la corriente, sin
reflejos, basadas en el número, en que nada importa si el pescador las
atrapa y las devora innúmeras pues muchas más pasarán lejos de redes y
anzuelos, llegarán a las desembocaduras, despertarán a la sal, a los
golpes de un oleaje que también golpea en una oscura memoria recurrente;
es el otoño, las pescas milagrosas, las cestas repletas de anguilas que
tardan en morir porque sus estrechas branquias guardan una reserva de
agua, de vida, y duran, horas y horas se retuercen en las cestas, todos
los peces están muertos y ellas siguen una salvaje batalla con la
asfixia, hay que despedazarlas, hundirlas en el aceite hirviendo, y las
viejas en los puertos mueven la cabeza y las miran y rememoran una oscura
sapiencia, los bestiarios remotos donde anguilas astutas salen del agua e
invaden los huertos y los vergeles (son las palabras que se emplean en los
bestiarios) para cazar caracoles y gusanos, para comerse los guisantes de
los huertos como dice la enciclopedia Espasa que sabe tanto sobre las
anguilas. Y es verdad que si un río se agosta, si aguas arriba una
represa o una cascada les veda la carrera hacia las fuentes, las jóvenes
anguilas saltan fuera del cauce y franquean el obstáculo sin morir,
resistiendo el ahogo, resbalando obstinadas por el musgo y los helechos;
pero ahora las que bajan están desmineralizadas y amorfas, se dejan
pescar y sólo tienen fuerzas para luchar contra una muerte que no han
evitado, que las tortura delicadamente durante horas como si se vengara de
las otras, de las que siguen río abajo en multitudes incontables,
buscando los corales y la sal del regreso.
De Jai Singh se presume que hizo
construir los observatorios con el elegante desencanto de una decadencia
que nada podía esperar ya de las conquistas militares, ni siquiera tal
vez de los serrallos donde sus mayores habían preferido un cielo de
estrellas tibias en un tiempo de aromas y de músicas; serrallo del alto
aire, un espacio inconquistable tendía el deseo del sultán en el límite
de las rampas de mármol; sus noches de pavorreales blancos y de lejanas
llamaradas en las aldeas, su mirada y sus máquinas organizando el frío
caos violeta y verde y tigre: medir, computar, entender, ser parte,
entrar, morir menos pobre, oponerse pecho a pecho a esa incomprensibilidad
tachonada, arrancarle un jirón de clave, hundirle en el peor de los casos
la flecha de la hipótesis, la anticipación del eclipse, reunir en un puño
mental las riendas de esa multitud de caballos centelleantes y hostiles.
También la señorita Callamand y el profesor Fontaine ahíncan las teorías
de nombres y de fases, embalsaman las anguilas en una nomenclatura, una
genética, un proceso neurendocrino, del amarillo al plateado, de los
estanques a los estuarios, y las estrellas huyen de los ojos de Jai Singh
como las anguilas de las palabras de la ciencia, hay ese momento
prodigioso en que desaparecen para siempre, en que más allá de la
desembocadura de los ríos nada ni nadie, red o parámetro o bioquímica
pueden alcanzar eso que vuelve a su origen sin que se sepa cómo, eso que
es otra vez la serpiente atlántica, inmensa cinta plateada con bocas de
agudos dientes y ojos vigilantes, deslizándose en lo hondo, no ya movida
pasivamente por una corriente, hija de una voluntad para la que no se
conocen palabras de este lado del delirio, retornando al útero inicial, a
los sargazos donde las hembras inseminadas buscarán otra vez la
profundidad para desovar, para incorporarse a la tiniebla y morir en lo más
hondo del vientre de leyendas y pavores. ¿Por qué, se pregunta la señorita
Callamand, un retomo que condenará a las larvas a reiniciar el
interminable remonte hacia los ríos europeos? Pero qué sentido puede
tener ese por qué cuando lo que se busca en la respuesta no es más que
cegar un agujero, poner la tapa a una olla escandalosa que hierve y hierve
para nadie? Anguilas, sultán, estrellas, profesor de la Academia de
Ciencias: de otra manera, desde otro punto de partida, hacia otra cosa hay
que emplumar y lanzar la flecha de la pregunta.
Las máquinas de mármol, un
helado erotismo en la noche de Jaipur, coagulación de luz en el recinto
que guardan los hombres de Jai Singh, mercurio de rampas y hélices,
grumos de luna entre tensores y placas de bronce; pero el hombre ahí, el
inversor, el que da vuelta las suertes, el volatinero de la realidad:
contra lo petrificado de una matemática ancestral, contra los husos de la
altura destilando sus hebras para una inteligencia cómplice, telaraña de
telarañas, un sultán herido de diferencia yergue su voluntad enamorada,
desafía un cielo que una vez más propone las cartas transmisibles,
entabla una lenta, interminable cópula con un cielo que exige obediencia
y orden y que él violará noche tras noche en cada lecho de piedra, el frío
vuelto brasa, la postura canónica desdeñada por caricias que desnudan de
otra manera los ritmos de la luz en el mármol, que ciñen esas formas
donde se deposita el tiempo de los astros y las alzan a sexo, a pezón y a
murmullo. Erotismo de Jai Singh al término de una raza y una historia,
rampas de los observatorios donde las vastas curvas de senos y de muslos
ceden sus derroteros de delicia a una mirada que posee por transgresión y
reto y que salta a lo innominable desde sus catapultas de tembloroso
silencio mineral. Como en las pinturas de Remedios Varo, como en las
noches más altas de Novalis, los engranajes inmóviles de la piedra
agazapada esperan la materia astral para molerla en una operación de
caliente halconeria. Jaulas de luz, gineceo de estrellas poseídas una a
una, desnudadas por un álgebra de aceitadas falanges, por una alquimia de
húmedas rodillas, desquite maniático y cadencioso de un Endirnión que
vuelve las suertes y lanza contra Selene una red de espasmos de mármol,
un enjambre de parámetros que la desceñirán hasta entregarla a ese
amante que la espera en lo más alto del laberinto matemático, hombre de
piel de cielo, sultán de estremecidas favoritas que se rinden desde una
interminable lluvia de abejas de medianoche.
De la misma manera, señorita
Callamand, algo que el diccionario llama anguila está esperando acaso la
serpiente simétrica de un deseo diferente, el asalto desmesurado de otra
cosa que la neuroendocrinología para alzarse de las aguas primordiales,
desnudar su cintura de milenios de sargazos y darse a un encuentro que jamás
sospecharía Johannes Schmidt. Sabemos de sobra que el profesor Fontaine
preguntará por la finalidad de semejante búsqueda, a la hora en que uno
de sus ayudantes cumple la delicada tarea de fijar un minúsculo emisor de
radiaciones en el cuerpo de una anguila plateada, devolverla al océano y
seguir así la pista de un itinerario mal cartografiado. Pero no hablamos
de buscar, señorita Callamand, no se trata de satisfacciones mentales ni
de someter a otra vuelta de tuerca una naturaleza todavía mal colonizada.
Aquí se pregunta por el hombre aunque se hable de anguilas y de
estrellas; algo que viene de la música, del combate amoroso y de los
ritmos estacionales, algo que la analogía tantea en la esponja, en el
pulmón y el sístole, balbucea sin vocabulario tabulable una dirección
hacia otro entendimiento. Por lo demás, ¿cómo no respetar las valiosas
actividades de la señora M. L. Bauchot, por ejemplo, que brega por la más
correcta identificación de las larvas de los diferentes peces ápodos
(anguilas, congrios, etc.)? Solamente que antes y después está lo
abierto, lo que el águila estúpidamente alcanza a ver, lo que el negro río
de las anguilas dibuja en la masa elemental atlántica, abierto a otro
sentido que a su vez nos abre, águilas y anguilas de la gran metáfora
quemante. (Y como por casualidad descubrir que sólo una consonante
diferencia esos dos nombres; y decirse una vez más que la casualidad, esa
palabra tranquilizadora, ese otro umbral de la apertura...).
Así yo -una vez más el Occidente odioso, la obstinada partícula que
subtiende todos sus discursos- quisiera asomar a un campo de contacto que
el sistema que ha hecho de mí esto que soy niega entre vociferaciones y
teoremas. Digamos entonces ese yo que es siempre alguno de nosotros, desde
la inevitable plaza fuerte saltemos muralla abajo: no es tan difícil
perder la razón, los celadores de la torre no se darán demasiada cuenta,
qué saben de anguilas o de esas interminables teorías de peldaños que
Jai Singh escalaba en una lenta caída hacia el cielo; porque el no estaba
de parte de los astros como algún poeta de nuestras tierras sureñas, no
se aliaba a la señora M. L. Bauchot para la más correcta identificación
de los congrios o de las magnitudes estelares. Sin otra prueba que las máquinas
de mármol sé que Jai Singh estaba con nosotros, del lado de la anguila
trazando su ideograma planetario en la tiniebla que desconsuela a la
ciencia de mesados cabellos, a la señorita Callamand que cuenta y cuenta
el paso de los leptocéfalos y marca cada unidad con una meritoria lágrima
cibernética. Así en el centro de la tortuga índica, vano y olvidable déspota,
Jai Singh asciende los peldaños de mármol y hace frente al huracán de
los astros; algo más fuerte que sus lanceros y más sutil que sus eunucos
lo urge en lo hondo de la noche a interrogar el cielo como quien sume la
cara en un hormiguero de metódica rabia: maldito si le importa la
respuesta, Jai Singh quiere ser eso que pregunta, Jai Singh sabe que la
sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que
solamente siendo el agua dejará de tener sed.
Así, profesor Fontaine, no es de
difuso panteismo que hablamos, ni de disolución en el misterio: los
astros son mensurables, las rampas de Jaipur guardan todavía la huella de
los buriles matemáticos, jaulas de abstracción y entendimiento. Lo que
rechazo mientras usted me llena de informaciones sobre el decurso de los
leptocéfalos es la sórdida paradoja de un empobrecimiento correlativo
con la multiplicación de bibliotecas, microfilms y ediciones de bolsillo,
una culturización a lo jíbaro, señorita Callamand. Que Dama Ciencia en
su jardín pasee, cante y borde, bella es su figura y necesaria su rueca
teleguiada y su laúd electrónico, no somos los beocios del siglo, un
brontosaurio bien muerto está. Pero entonces se sale a vagar de noche,
como sin duda también tantos servidores de Dama Ciencia, y si se vive de
veras, si la noche y la respiración y el pensar enlazan esas mallas que
tanta definición separa, puede ocurrir que entremos en los parques de
Jaipur o de Delhi, o que en el corazón de Saint Germain des Prés
alcancemos a rozar otro posible perfil del hombre; pueden pasarnos cosas
irrisorias o terribles, acceder a ciclos que comienzan en la puerta de un
café y desembocan en una horca sobre la plaza mayor de Bagdad, o pisar
una anguila en la rue du Dragon, o ver de lejos como en un tango a esa
mujer que nos llenó la vida de espejos rotos y de nostalgias
estructuralistas (ella no terminó de peinarse, ni nosotros nuestra tesis
de doctorado); porque no se trata de ahuecar la voz, esas cosas ocurren
como los gatos de golpe o el desbordarse de la bañadera mientras
atendemos el teléfono, pero solamente les ocurren a los que llevan el
gato en el bolsillo, la noche es pelirroja y húmeda, alguien silba bajo
un portal, la zona franca empieza; cómo decirlo de otra manera más
inteligible, profesor Fontaine, escribirle a la señora M. L. Bauchot,
estimada señora Bauchot,
esta noche he visto el río de las
anguilas
he estado en Jaipur y en Delhi
he visto las anguilas en la rue du
Dragon en
París,
y mientras cosas así me ocurran
(hablo de mi por fuerza, pero estoy hablando de todos los que salen a lo
abierto) o mientras me habite la certeza de que pueden ocurrirme,
no todo está perdido porque
señora Bauchot, estimada señora
Bauchot, le estoy escribiendo sobre una raza que puebla el planeta y que
la ciencia quiere servir, pero mire usted, señora Bauchot, su abuela
fajaba a su bebé,
lo volvía una pequeña momia
sollozante
porque el bebé quería moverse,
jugar, tocarse el sexo, ser feliz con su piel y sus olores y la cosquilla
del aire,
y mire hoy, señora Bauchot, ya
usted creció más libre, y acaso su bebé desnudo juega ahora mismo sobre
el cobertor y el pediatra lo aprueba satisfecho, todo va bien, señora
Bauchot, sólo que el bebé sigue siendo el padre de ese adulto que usted
y la señorita Callamand definen homo sapiens, y lo que la ciencia le quitó
al bebé la misma ciencia lo anuda en ese hombre que lee el diario y
compra libros y quiere saber, entonces la enumeración la clasificación
de las anguilas
y el fichero de estrellas nebulosas galaxias, vendaje de la ciencia:
quieto ahí, veinticuatro, sudoeste, proteína, isótopos marcados. Libre
el bebé y fajado el hombre, la pediatra de adultos, Dama Ciencia abre su
consultorio, hay que evitar que el hombre se deforme por exceso de sueños,
fajarle la visión, manearle el sexo, enseñarle a contar para que todo
tenga un número. A la par la moral y la ciencia (no se asombre, señora,
es tan frecuente) y por supuesto
la sociedad que sólo sobrevive
si sus células cumplen el programa. Atentamente la saludo.
Esta carta infundirá en la señora
Bauchot la horrenda sospecha de que los brontosaurios saben escribir, por
eso una postdata gentil, no me entienda mal, querida señora, qué haríamos
sin usted, sin Dama Ciencia, hablo en serio, muy en serio, pero además
está lo abierto, la noche pelirroja, las unidades de la desmedida, la
calidad de payaso y de volatinero y de sonámbulo del ciudadano medio, el
hecho de que nadie lo convencerá de que sus limites precisos son el ritmo
de la ciudad más feliz o del campo más amable; la escuela hará lo suyo,
y el ejército y los curas, pero eso que yo llamo anguila o Vía láctea
pernocta en una memoria racial, en un programa genético que no sospecha
el profesor Fontaine, y por eso la revolución en su momento, el arremeter
contra lo objetivamente enemigo o abyecto, el manotazo delirante para
echar abajo una ciudad podrida, por eso las primeras etapas del
reencuentro con el hombre entero. Y sin embargo ahí se emboscan otra vez
Dama Ciencia y su séquito, la moral, la ciudad, la sociedad: se ha ganado
apenas la piel, la hermosa superficie de la cara y los pechos y los
muslos, la revolución es un mar de trigo en el viento, un salto a la
garrocha sobre la historia comprada y vendida, pero el hombre que sale a
lo abierto empieza a sospechar lo viejo en lo nuevo, se tropieza con los
que siguen viendo los fines en los medios, se da cuenta de que en ese
punto ciego del ojo del toro humano se agazapa una falsa definición de la
especie, que los ídolos perviven bajo otras identidades, trabajo y
disciplina, fervor y obediencia, amor legislado, educación para A, B y C,
gratuita y obligatoria; debajo, adentro, en la matriz de la noche
pelirroja, otra revolución deberá esperar su tiempo como las anguilas
bajo los sargazos. Llegar a ella es también serpiente negra de ida;
lentos peldaños hacia la plataforma que reta el musgo astral, serpiente
plateada de regreso, fecundación, desove y muerte para otra vez serpiente
negra, marcha hacia las cabeceras y las fuentes, retorno dialéctico donde
se cumple el ritmo cósmico; empleo a sabiendas las palabras más
mancilladas por la retórica, de muchas maneras me he ganado el derecho a
que brillen aquí como brilla el mercurio de las anguilas y el girasol
vertiginoso en las máquinas de Jai Singh. Todavía es tiempo de sargazos,
de guerrillas parciales que despejan el monte sin que el combatiente
alcance a ver una totalidad de cielo y mar y tierra. En cada árbol de
sangre circulan sigilosas las claves de la alianza con lo abierto, pero el
hombre da y toma la sangre, bebe y vierte la sangre entre gritos de
presente y recidivas de pasado, y pocos sentirán pasar por sus pulsos la
llamada de la noche pelirroja; los pocos que se asomen a ella perecerán
en tanta picota, con sus pieles se harán lámparas y de sus lenguas se
arrancarán confesiones; uno que otro podrá dar testimonio de anguilas y
de estrellas, de encuentros fuera de la ley de la ciudad, de arrimo a las
encrucijadas donde nacen las sendas tiempo arriba. Pero si el hombre es
Acteón acosado por los perros del pasado y los simétricos perros del
futuro, pelele deshecho a mordiscones que lucha contra la doble jauría,
lacerado y chorreando vida, solo contra un diluvio de colmillos, Acteón
sobrevivirá y volverá a la caza hasta el día en que encuentre a Diana y
la posea bajo las frondas, le arrebate una virginidad que ya ningún
clamor defiende, Diana la historia del hombre relegado y derogado, Diana
la historia enemiga con sus perros de tradición y mandamiento, con su
espejo de ideas recibidas que proyecta en el futuro los mismos colmillos y
las mismas babas, y que el cazador trizará como triza su doncellez despótica
para alzarse desnudo y libre y asomarse a lo abierto, al lugar del hombre
a la hora de su verdadera revolución de dentro afuera y de fuera adentro.
Todavía no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la
vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y de deudas; todavía
hay muchas guerras por delante, Acteón, los colmillos volverán a
clavarse en tus muslos, en tu sexo, en tu garganta; todavía no hemos
hallado el ritmo de la serpiente negra, estamos en la mera piel del mundo
y del hombre. Ahí, no lejos, las anguilas laten su inmenso pulso, su
planetario giro, todo espera el ingreso en una danza que ninguna Isadora
danzó nunca de este lado del mundo, tercer mundo global del hombre sin
orillas, chapoteador de historia, víspera de sí mismo.
Que la noche
pelirroja nos vea andar de cara al aire, favorecer la aparición de las
figuras del sueño y del insomnio, que una mano baje lentamente por
espaldas desnudas hasta arrancar ese quejido de amor que viene del fuego y
la caverna, primera dulce tregua del miedo de la especie, que por la rue
du Dragon, por la Vuelta de Rocha, por King's Road, por la Rampa, por la
Schulerstrasse marche ese hombre que no se acepta cotidiano, clasificado
obrero o pensador, que no se acepta ni parcela ni víspera ni ingrediente
geopolítico, que no quiere el presente revisado que algún partido y
alguna bibliografía le prometen como futuro; ese hombre que acaso se hará
matar en un frente justo, en una emboscada necesaria, que chacales y
babosas torturarán y envilecerán, que jefes alzarán al puesto de
confianza, que en tanto rincón del mundo tendrá razón o culpa en el
molino de las vísperas; para ése, para tantos como ése, un dibujo de la
realidad trepa por las escaleras de Jaipur, ondula sobre sí mismo en el
anillo de Moebius de las anguilas, anverso y reverso conciliados, cinta de
la concordia en la noche pelirroja de hombres y astros y peces. Imagen de
imágenes, salto que deje atrás una ciencia y una política a nivel de
caspa, de bandera, de lenguaje, de sexo encadenado, desde lo abierto
acabaremos con la prisión del hombre y la injusticia y el enajenamiento y
la colonización y los dividendos y Reuter y lo que sigue; no es delirio
lo que aquí llamo anguila o estrella, nada más material y dialéctico y
tangible que la pura imagen que no se ata a la víspera, que busca más
allá para entender mejor, para batirse contra la materia rampante de lo
cerrado, de naciones contra naciones y bloques contra bloques. Señora
Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx
hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs
que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note
usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico
porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche
pelirroja. Salga a la calle, respire aire de hombres que viven y no el de
la teoría de los hombres en una sociedad mejor; dígase alguna vez que en
la felicidad hay tanto más que una cuota de proteínas o de tiempo libre
o de soberanía (pero Holderlin debe leer a Marx, en ningún momento ha de
olvidar a Marx, las proteínas son una de tantas facetas de la imagen,
vaya si lo son, señora Bauchot, pero entonces la imagen toda, el hombre
en su jardín de veras, no un esquema del hombre salvado de la desnutrición
o la injusticia). Vea usted, en el parque de Jaipur se alzan las máquinas
de un sultán del siglo dieciocho, y cualquier manual científico o guía
de turismo las describe como aparatos destinados a la observación de los
astros, cosa cierta y evidente y de mármol, pero también hay la imagen
del mundo como pudo sentirla Jai Singh, como la siente el que respira
lentamente la noche pelirroja donde se desplazan las anguilas; esas máquinas
no sólo fueron erigidas para medir derroteros astrales, domesticar tanta
distancia insolente; otra cosa debió soñar Jai Singh alzado como un
guerrillero de absoluto contra la fatalidad astrológica que guiaba su
estirpe, que decidía los nacimientos y las desfloraciones y las guerras;
sus máquinas hicieron frente a un destino impuesto desde fuera, al Pentágono
de galaxias y constelaciones colonizando al hombre libre, sus artificios
de piedra y bronce fueron las ametralladoras de la verdadera ciencia, la
gran respuesta de una imagen total frente a la tiranía de planetas y
conjunciones y ascendentes; el hombre Jai Singh, pequeño sultán de un
vago reino declinante, hizo frente al dragón de tantos ojos, contestó a
la fatalidad inhumana con la provocación del mortal al toro cósmico,
decidió encauzar la luz astral, atraparla en retortas y hélices y
rampas, cortarle las uñas que sangraban a su raza; y todo lo que midió y
clasificó y nombró, toda su astronomía en pergaminos iluminados era una
astronomía de la imagen, una ciencia de la imagen total, salto de la víspera
al presente, del esclavo astrológico al hombre que de pie dialoga con los
astros. Tal vez los gobernantes de la avanzada por la que damos todo lo
que somos y tenemos, tal vez la señorita Callamand o el profesor Fontaine,
tal vez los jefes y los hombres de ciencia acabarán por salir a lo
abierto, acceder a la imagen donde todo está esperando; en este mismo
instante las jóvenes anguilas llegan a las bocas de los ríos europeos,
van a comenzar su asalto fluvial; acaso ya es de noche en Delhi y en
Jaipur y las estrellas picotean las rampas del sueño de Jai Singh; los
ciclos se fusionan, se responden vertiginosamente; basta entrar en la
noche pelirroja aspirar profundamente un aire que es puente y caricia de
la vida; habrá que seguir luchando por lo inmediato, compañero, porque
Holderlin ha leído a Marx y no lo olvida; pero lo abierto sigue ahí,
pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo
donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de
desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza
que alguna vez llamaremos
realidad.
*escrito por Julio Cortázar con
motivo del Año Internacional del Libro, 1972.
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