Los siguientes textos tratan el monoteísmo desde una perspectiva crítica y
proponen alternativas.
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TEXTOS
1) Cuidado
con el monoteísmo, por Timothy Leary
2) Religión, violencia y "guerras santas", por
Hans Küng
3)
La visión lineal y la visión cíclica del paso del tiempo
4) Juicio al monoteísmo, Javier
Pradera
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Cuidado con el monoteísmo
Dr. Timothy Leary, Ph.D.
Fragmento tomado de Los
Agentes de la Inteligencia (The
Intelligence Agents).
Traducción al español altamente
amateur realizada por punksunidos.com.ar
El monoteismo es
la religión primitiva que centra la conciencia humana en la Autoridad de
Colmena. Sólo hay Un Dios y Su Nombre es (substituto de la etiqueta
Colmena). Si sólo hay Un Dios entonces no hay elección, no hay opción, ni
selección de realidad. Sólo hay sumisión o herejía. La palabra Islam
significa "sumisión". La postura básica del cristianismo es arrodillarse. Su
voluntad sea hecha (Thy will be done). Entonces el monoteísmo no daña ni
perjudica a los habitantes de la tierra que estan orientados hacia la
colmena (Etapas 10, 11 y 12) que son quienes buscan dejar responsabilidades
en un Gran Jefe. El monoteísmo ataca profundamente a a quellos que estan
evolucionando a estados de realidad posteriores a la Colmena. Los mutantes
avanzados (Etapas 13 a 18) hace un descubrimiento; "todo es uno" mientras
amanece entiende con claridad que "mi cerebro crea todas las realidades que
experimento". El descubrimiento del Ser es atemorizante porque el
principiante poseedor de un Cuerpo automóvil y el Cerebro automovil debe
aceptar todo el poder que las religiones colmena atribuyen al celoso Jehová.
La primer orden del monoteísmo es: Yo soy el señor, su Dios: Tu no debes
tener otros Dioses antes que yo". Todos los monoteísmos son vengativos,
agresivos, expansionistas e intolerantes.
Etapa 10:
Islam-Catolicismo
Etapa 11: Evangelismo Protestante
Etapa 12: Comunismo-Imperialismo
El deber de un
monoteísta es destruir la herejía, la competencia. Los conceptos tales como
diablo, infierno, culpabilidad, eterna maldición, pecado, mal, son
fabricaciones ubicadas justo al lado de la colmena para asegurar la lealtad
y centralizar a los miembros. Todas estas doctrinas son diseñadas con
presición para intimidar y para machacar al individualismo. El proceso de
mutar a Uno-mismo hunde al mutante en el fuego cruzado hostil de origen
neurogenético y moral. La mayoría de los episiodios desagradables, malos
viajes y experiencias infernales (N.de T. Leary se refiere a las
experiencias con drogas visionarias, como la LSD) son causados por la
moralidad monoteísta. Otra vez, debe ser enfatizado, que el monoteísmo no es
una etapa necesaria. El monoteísmo es una tecnología, una herramienta, para
traer a los habitantes tribales pre-civilizados y casta-segregados
primitivos a la necesidad colectiva de desarrollar tecnologías
post-terrestres y post-colmena
El mayor paso evolutivo es
dado cuando un individuo dice: "Hay un solo dios que creo el universo. Ese
dios es mi cerebro. Como conductor de este cerebro, he creado un universo en
el cual hay innumerables dioses de igual autonomía post-colmena con quienes
busco interesarme.Y mi universo era, el mismo, creado por un nivel más alto
de divinidad—ADN, cuyos misterios y maravillas busco para lograr entender y
harmonizar".
* Para comprender la obra de
Leary se debe ahondar en los conceptos de este prominente psicólogo y
visionario.
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Religión, violencia y "guerras
santas"
Hans Küng
Publicado en el sitio del Comite Internacional
de la Cruz Roja (http://www.icrc.org/)
El autor analiza la
incidencia de la religión en los conflictos armados actuales. Se
concentra en las religiones monoteístas, es decir el judaísmo, el
cristianismo y el islam, a las que recientemente se ha acusado de
alimentar la tentación de recurrir a la violencia. En este artículo, se
examina esa acusación y se analiza el concepto de "guerra santa" en las
tres religiones. En la conclusión, se propone una concepción pragmática
del pacifismo y se observa que las guerras en el siglo XXI no pueden
considerarse justas, ni santas, ni limpias, y que el pacifismo absoluto
no sólo sería políticamente imposible, sino que, como principio
político, podría ser incluso irresponsable (en inglés).
Los conflictos en que interviene la religión, a menudo ligada a
diferencias de carácter étnico, han proliferado en las últimas
décadas en diversas partes del mundo: Irlanda del Norte, los
Balcanes, Sri Lanka, la India, Nigeria… Por lo tanto, no es sólo
el terrorismo islámico lo que ha planteado, una vez más, si la
religión tiende a fomentar la violencia en lugar de evitarla y
si la religión no será la fuente, en lugar de la solución, al
problema de la violencia. Así pues, en este artículo quisiera
analizar, en particular, la siguiente cuestión: ¿Cuál es la
posición de las tres religiones “proféticas” – judaísmo,
cristianismo e islam – frente a la violencia represiva (en
contraposición con la violencia política legítima) y la guerra?
Actualmente se acusa a las tres, en tanto que “religiones
monoteístas”, de ser más favorables al empleo de la fuerza que
las religiones “politeístas” o las religiones “no teístas” (como
el budismo).
¿Están predispuestas las religiones monoteístas, en
particular, al empleo de la fuerza?
¿Es posible que existan aspectos de violencia inherentes a cada
religión, como tal, y que las religiones monoteístas, por estar
vinculadas a un único dios, sean especialmente intolerantes y
bélicas y estén más predispuestas al empleo de la fuerza?
Algunos teólogos cristianos adoptan una ferviente actitud
antimonoteísta frente a determinados intelectuales laicos. ¿No
estarán subestimando la medida en que algunos representantes de
la Iglesia fomentan el sentimiento antirreligioso en nombre de
Dios y, apoyándose en su autoridad moral, imponen grandes
exigencias a la sociedad, sin resolver los problemas en su
propia casa? A veces, los dogmatistas cristianos manifiestan
también un sentimiento increíblemente antimonoteísta y tratan de
sustentar sus especulaciones trinitarias en argumentos polémicos
contra la creencia de los judíos, los cristianos y los
musulmanes en un dios, supuestamente responsable de tanta
intolerancia y discordia. ¿Acaso no se lanzaron las Cruzadas
precisamente en nombre de Cristo y no se quemó en la hoguera a
brujas, herejes y judíos precisamente en nombre de la "Santísima
Trinidad"?
Abordemos ahora el problema de la religión y la guerra[1]
reconociendo, sin más, que las religiones nacieron junto con el
hombre y que, desde que existe la humanidad, existe también la
violencia. En el mundo humano, que ha evolucionado a partir de
reino animal, no se conoce ninguna sociedad paradisíaca en la
que no exista alguna forma de violencia. La imagen del "buen
noble" puro y pacífico surgió hace mucho tiempo como mito creado
en el período optimista de la Iluminación, del que fue víctima
hasta la famosa antropóloga Margaret Mead cuando estudió a los
habitantes de Samoa, que parecían ser absolutamente pacíficos.
Hoy día, hasta los filósofos de moral cristiana reconocen la
aparición de normas, valores y actitudes éticos específicos a
través un proceso sociodinámico sumamente complejo. Ante las
necesidades y prioridades humanas, ha sido siempre necesario
imponer reglas que rigiesen el comportamiento del hombre. Ese es
el origen de la cultura humana. Durante generaciones, el ser
humano ha tenido que poner a prueba esas normas éticas para
comprobar si estaban justificadas, inclusive el respeto por la
vida ajena y la abstención de matar a otras personas con
propósitos abyectos – o sea, no cometer asesinatos. Sin embargo,
las guerras existen desde tiempos inmemoriales, sobre todo para
conseguir el poder (mana) y el prestigio que se considera que
proporcionan, así como restablecer el orden divino presuntamente
perturbado de las cosas.
Se entiende por guerras “santas” las guerras de agresión
lanzadas con un fin supuestamente misionero siguiendo órdenes de
una divinidad dada. El que se libren en nombre de un dios o de
varios es secundario. No obstante, sería erróneo atribuir
motivos religiosos a todas las guerras libradas por “cristianos”
en los siglos más recientes. Está claro que la culpa de que los
colonos blancos mataran a innumerables indígenas y aborígenes en
América Latina, América del Norte y Australia, de que los
colonos alemanes dieran muerte a decenas de miles de hereros en
Namibia, de que los soldados británicos mataran a grandes masas
de protestantes en la India, de que los soldados israelíes
aniquilaran a cientos de civiles en el Líbano o Palestina y de
que las tropas turcas exterminasen a cientos de miles de
armenios no puede atribuirse verdaderamente a personas que creen
en un solo dios. Pero miremos más de cerca qué guerras apoyadas
en razones religiosas tienen su raíz en las tres religiones
proféticas.
¿La guerra santa de “Yahvé”?
La atribución de normas éticas, encontradas ya, por ejemplo, en
el Código de Hamurabi, que se remonta a la antigua Babilonia de
los siglos XVIII y XVII a. C., a la autoridad de un único dios,
y el establecimiento de la ley de Dios, como ocurrió con el
Decálogo (del griego deka logoi, “diez palabras”) o Diez
Mandamientos[2], supone el comienzo de un nuevo estadio
de desarrollo cultural. Los exegetas del Antiguo Testamento
tienden a coincidir en que el politeísmo seguía muy extendido en
Israel en tiempos de los Reyes y que al principio imperaba la
monolatría: de los muchos dioses existentes, en Israel sólo se
adoraba a Yahvé, si bien no se descartaba la existencia de otros
dioses en otros pueblos. El monoteísmo estricto, que niega
radicalmente la existencia de otros dioses, sólo existe desde el
exilio babilónico, en los últimos capítulos del Libro de Isaías
(Deuteroisaías), es decir, desde la teocracia, cuando todos los
relatos se escribían desde el inicio hasta el fin en el espíritu
de un monoteísmo estrictamente exclusivo[3].
Por lo que atañe a la cuestión de la religión y la violencia,
ello significa que la violencia imperaba en el mundo mucho antes
de la relativamente tardía aparición del monoteísmo, y no es
posible encontrar ninguna prueba de que la propensión a la
violencia aumentase con su llegada. En aquellos tiempos de
cambio de dominación foránea politeísta, cabe considerar a
Israel más como víctima que como autor de la violencia.
Sin embargo, la Biblia hebrea se caracteriza por la convicción
de que la violencia de la naturaleza, al igual que la del
hombre, es característica de la realidad terrenal y que el poder
del mal no puede ser contenido sino temporalmente. Por
consiguiente, ofrece crudos relatos de violencia, mientras que
en otras culturas antiguas – Rene Girard lo ha tratado en mayor
detalle[4] – la violencia se soslayaba discretamente,
haciendo alusión a ella de forma indirecta, minimizándola o
glorificándola en mitos y leyendas. En los libros de la Biblia
se aborda muchas veces el tema de la violencia, y el ser humano
se ve confrontado con su naturaleza violenta, desde el asesinato
de Abel a manos de su hermano Caín por motivos de mera rivalidad[5],
a la predicación de los profetas en contra de la violencia y,
por último, a una visión de paz establecida entre las naciones
por el propio Yahvé, según los profetas Miqueas e Isaías[6],
con un final de los tiempos sin violencia en que las espadas se
transformarán en arados – un manifiesto para los movimientos
pacifistas actuales, incluido el de Israel.
Muchas veces, los relatos de acontecimientos violentos se
escribieron siglos después de que acaeciesen y resulta
prácticamente imposible verificar su autenticidad histórica,
aunque con ello se ha evitado un uso indebido de los textos con
fines políticos hasta la actualidad (conflicto de Oriente
Próximo). La guerra de Yahvé[7] – que se narra en
relación con los asentamientos en Israel y Judea y que
probablemente fue una lenta infiltración o reestructuración
interna de Palestina en lugar de una conquista militar[8]
– es una interpretación histórica realizada unos cinco siglos
más tarde, tal vez como contrapropaganda a la amenaza de terror
de Asiria. En el epígrafe de un rey moabita del siglo IX a. C.
se menciona la destrucción de toda la población de una ciudad
como sacrificio a Dios, pero se refiere a los moabitas, no a los
israelíes, y el Antiguo Testamento no contiene ningún texto del
que pueda extraerse información fidedigna de un sacrificio
israelí en ningún periodo de la historia de Israel[9].
Naturalmente, no puede descartarse la posibilidad de que Israel
hubiera realizado tal acto de sacrificio pero, desde luego, no
podría inferirse una mayor tendencia del monoteísmo a la
violencia de un acto puntual de Israel[10]. Tampoco puede
establecerse lo que haya de cierto en los relatos heroicos –
como los escritos sólo varios siglos después – del legendario
profeta Elías, que como implacable vencedor en la religión de
Yahvé se dice que mató a todos los profetas de Baal y Asera[11].
En cualquier caso, no es un argumento en contra del monoteísmo
israelí, ya que todos los profetas de Israel, salvo Elías,
habían sido asesinados en nombre del dios Baal y su panteón.
Las narraciones de guerras y actos de violencia han de
considerarse dentro del contexto general de la Biblia hebrea. Al
relatar la creación de la humanidad, la prehistoria bíblica no
pretende ofrecer una imagen idílica del primer ser humano en el
Edén, sino describir la condición del hombre como tal: según la
Biblia hebrea, Adán no fue el primer judío, ni el primer
cristiano ni, por supuesto, el primer musulmán (al menos si, no
se toma musulmán como monoteísta a fines de simplificación). El
término ådåm significa, sencillamente, persona: una persona
creada a imagen y semejanza de Dios[12]. Según la
historia admonitoria del asesinato de Abel por su hermano Caín,
el momento culminante de la prehistoria es el diluvio que, a
diferencia de otros testimonios del mismo en la región, se
centra en el problema de la violencia: la humanidad estaba
corrompida “delante de Dios, y estaba la tierra llena de
violencia” y, por ende, condenada a la destrucción[13].
El único hombre justo, Noé, y su familia fueron librados, y se
permitió un nuevo comienzo de la humanidad bajo el signo del
arco iris que surcó los cielos, simbolizando el pacto entre Dios
y todos los hombres, así como, desde luego, la creación entera.
En adelante, Dios protegió la vida humana sancionando los actos
de violencia, “porque a imagen de Dios es hecho el hombre”[14].
El pacto de Dios con el hombre se expresó mediante un código
ético – un código mínimo de conducta basado en el principio del
respeto por la vida (el teólogo y doctor Albert Schweitzer lo
consideró la base misma de la ética en general), es decir, que
prohíbe matar y comer carne de animales vivos. A partir de este
código ético, el judaísmo rabínico elaboró posteriormente las
siete Leyes Noájidas o Leyes de Noé que prohibían, además de
matar y tratar con crueldad a los animales, robar, cometer
adulterio, adorar a ídolos y blasfemar; asimismo, incluían el
mandamiento positivo de administrar justicia (establecer
tribunales)[15]. Constituyen un código universal de
conducta válido desde el primer momento no sólo para los judíos,
sino para todos los seres humanos[16].
¿Está, pues, justificado el “sentimiento antimonoteísta”? No, ya
que la creencia de los judíos, los cristianos y los musulmanes
en un único dios es contraria a todas las casi religiones o
pseudoreligiones que establecen valores relativos como
absolutos. Incluso hoy, esa creencia significa una negación
radical de toda deificación de las fuerzas de la naturaleza,
pero también de todos los valores terrenales que se convierten
prácticamente en objetos de veneración por los que se sacrifica
todo, en los que deben depositarse todas las esperanzas y a los
que debe temerse por encima de todas las cosas – ya sea el lucro
personal, el sexo, el poder, el deporte o la ciencia, la nación,
la Iglesia, un partido, un líder o un Papa que el hombre moderno
adore como su “dios”. Los esfuerzos de algunos “superhombres”
como Stalin y Hitler, ávidos de poder, para sustituir la
creencia en un dios por la creencia en la sociedad socialista o
la raza aria y, en última instancia, lograr su propia
deificación, costaron millones de vidas humanas. Martín Lutero
lo expresó con muy pocas palabras: “(…) la confianza y la fe del
corazón hacen a dios o a un ídolo (…) aquello en lo que
deposites tu corazón y tu confianza será realmente tu dios”[17].
La creencia en un dios da a los judíos, los cristianos y los
musulmanes la mayor libertad posible frente a todas las
limitaciones espirituales: el pacto con el único y verdadero
Absoluto libera a los seres humanos de todo lo que es relativo y
que, por ende, no puede convertirse en un ídolo. Así pues, no
existe la necesidad hoy, en la transición al periodo posmoderno,
de un regreso a los dioses ornamentado con mitología. Lo que sí
se necesita, más que la creación de mitos artificiales, es
volver a un dios único y verdadero que, como el dios de los
judíos, los cristianos y los musulmanes, no tolerará falsos
dioses a su par. Esos son los cimientos de la tolerancia entre
las personas: dado que dios es dios para todos, todas las
personas – incluso las que no son judías, cristianas o
musulmanas – han sido creadas a su imagen y, por ello, merecen
que se respete su dignidad. Ahora bien, ¿cuál es la posición del
cristianismo con respecto a la violencia y la guerra?
La violencia bajo el signo de la Cruz
Después de que se designase el cristianismo como religión de
Estado en tiempos del antiguo Imperio Romano, era casi
inevitable, tanto para la zona griega, que abarcaba las
provincias de la Roma oriental y el Imperio Bizantino, como para
la zona latina, que cubría la Roma occidental y el Sacro Imperio
Romano de Carlomagno, que el Estado y la Iglesia utilizasen su
respectivo poder para protegerse, apoyarse y promoverse
mutuamente, a pesar de la rivalidad que pronto surgió entre
ambos. Al mezclarse los ámbitos de lo sagrado y lo profano, los
gobernantes laicos se vieron convertidos en protectores de la
Iglesia y los miembros de la jerarquía eclesiástica legitimaron
e inspiraron a las autoridades laicas en numerosas ocasiones. La
ampliación de la dominación laica llevó siempre a la expansión
de la Iglesia, al igual que la labor misionera de la Iglesia
llevó a una expansión de la dominación laica. El derecho
nacional y el canónico se completaron mutuamente, las normas
eclesiásticas rigieron la vida civil y las autoridades civiles
sancionaron las violaciones de los preceptos morales y
religiosos. De este modo, “el brazo laico y el brazo espiritual”
se asistieron de forma recíproca. Pero los actos laicos de
violencia arrojan, por fuerza, una extensa sombra sobre el
Cristianismo, ya que la Iglesia participó a menudo directamente
en actividades y campañas violentas totalmente incompatibles con
el espíritu pacífico y antibélico de su fundador. ¿Qué fechorías
fueron no sólo toleradas, sino aprobadas en nombre de Cristo?
Sin embargo, no era en absoluto inevitable que la cruz del
Nazareno muerto por los romanos y a la que el frío y
supersticioso político Constantino atribuyó la victoria decisiva
sobre su rival Majencio en la batalla del puente de Milvian en
312, fuera usada cada vez más como insignia en la batalla,
creando un “sello de aprobación” cristiano incluso de los actos
más sangrientos y crueles. Incluso en los albores del imperio
cristiano, existía una violenta oposición entre los enemigos,
tanto de dentro como de fuera: la guerra entre el primer
emperador franco cristiano, Carlomagno, y los sajones paganos,
que se acompañó de miles de ejecuciones y deportaciones, duró
unos treinta años. Era muy normal que se ejecutara a herejes y
personas con creencias diferentes, y luego a judíos y brujas, en
la iglesia de los mártires.
En la alta Edad Media, una Iglesia militante libró la “guerra
santa”. Aunque las iglesias ortodoxas del Este participaban
también en los conflictos principalmente político-militares del
poder laico y, a menudo, conferían legitimidad teológica a las
guerras o las inspiraban incluso, la teoría del uso legítimo de
la fuerza para alcanzar fines espirituales (teoría agustiniana)
no se aplicó hasta el cristianismo latino de occidente y, con el
tiempo, se permitió también el uso de la fuerza para propagar el
Cristianismo. Contrariamente a toda la tradición de la primera
Iglesia, se libraron guerras para convertir a los paganos,
difundir el evangelio y combatir la herejía, mientras que las
Cruzadas fueron una inversión completa del verdadero significado
de la cruz.
De hecho, fueron los representantes supremos del Cristianismo,
el Papa Urbano II y luego el poderoso predicador, místico y
fundador de una orden religiosa, Bernard de Clairvaux, quienes
llamaron a la guerra en nombre de Jesucristo, a fin de liberar
la “Tierra Santa” de los “infieles”, los musulmanes. Se
consideró que las Cruzadas incumbían a toda la cristiandad
(occidental). Supuestamente fueron autorizadas por el mismo
Cristo, ya que se dice que el Papa, su portavoz, exhortó
personalmente a que se tomaran las armas. Más tarde, Inocencio
III, que había lanzado la cuarta Cruzada (con el fatídico
resultado de la conquista, la matanza y el saqueo de
Constantinopla, para afirmar la primacía de Roma), fue el
primero en anunciar una poderosa cruzada en Occidente contra
otros cristianos, iniciando las implacables guerras contra los
albigenses que duraron dos siglos en el sur de Francia, y en las
que se produjeron horrores inenarrables en ambos bandos, así
como el exterminio de categorías enteras de población.
Incluso en aquellos tiempos, la gente se preguntaba si Jesús,
que pronunció el Sermón del Monte y predicó en contra de la
violencia, instando a amar al enemigo y a renunciar a la
riqueza, habría permitido esas campañas militantes y si el
significado de la cruz de Nazaret no se habría distorsionado por
completo cuando, en lugar de inspirar a los cristianos para
soportar su cruz de cada día en el verdadero sentido de las
palabras, se blasonó en el atuendo de los cruzados para
legitimar sus guerras sanguinarias. En el cristianismo medieval,
la “Paz de Dios”, una medida para limitar la violencia, tenía un
alcance limitado en el tiempo y en el espacio, como ofrecer
asilo a los perseguidos. Los protestantes, al menos los
menonitas, los hermanos y, sobre todo, los cuáqueros (la
“iglesia histórica de la paz”) crearon una Iglesia Libre
alternativa a la legitimación tradicional de la violencia en las
iglesias nacionales y populares.
¿”Guerras santas” de los musulmanes?
Entretanto, los cristianos deberían haber empezado a comprender
que el término árabe ÿihåd (yihad) no equivale a “guerra santa”[18],
sino que abarca una serie de significados. En primer lugar,
significa simplemente “esfuerzo” y en muchos pasajes del Corán
se entiende como “lucha” moral “contra uno mismo” en el camino
hacia Dios: “¡Luchad por Alá como Él se merece! Él os eligió”[19].
La combinación de los términos “santo” y “guerra” no aparece en
el Corán; según el pensamiento islámico, una guerra nunca puede
ser “santa”.
Sin embargo, en otros pasajes, la palabra yihad se entiende con
un sentido fuerte de “lucha” o “batalla”, de guerra: “¡Creed en
Alá y en Su Enviado y combatid por Alá con vuestra hacienda y
vuestras personas!”[20]. Aquí, el verbo ÿåhada,
“combatir”, con los bienes y la propia persona, significa
luchar, “hacer la guerra”, y tiene como recompensa inmediata la
promesa de entrar en el Paraíso. “Así, os (…) introducirá en
jardines por cuyos bajos fluyen arroyos y en viviendas
agradables en los jardines del edén. ¡Ese es el éxito
grandioso!”[21]. Hay muchos otros versos como estos en el
Corán: “¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas,
sé duro con ellos! Su refugio será la gehena. ¡Qué mal fin...!”[22].
Una cosa está clara: los seguidores de Cristo están obligados a
luchar contra la violencia conforme a las enseñanzas, los actos
y la suerte que corrió su Mesías, mientras que los seguidores
del Profeta Mahoma están obligados, desde el principio, a
participar, si es necesario, en contiendas bélicas sinónimo de
violencia. La guerra se acepta como medio político, y como tal
se libra y – en la mayoría de los casos – se gana. Por lo tanto,
es difícil negar que, desde sus inicios, el islam tiene carácter
militante, aunque la llamada a la guerra estaba ligada, en un
principio, a los mecanos politeístas y las tribus árabes
hostiles a los musulmanes, es decir, a una situación histórica
muy particular en que la nueva comunidad musulmana estaba
amenazada.
No obstante, hay que subrayar que el Profeta – por ejemplo, en
el tratado de paz con los mecanos o con las comunidades
cristianas y los judíos que quedaban – mostró no sólo la
voluntad de luchar, sino también de hacer la paz y que el
estatuto de Œimm o persona protegida siempre reflejó más
tolerancia de la usual en los reinos cristianos. El Corán
estipula que no se combatirá durante los meses sagrados[23]
y nunca, en principio, en el recinto de la Mezquita Sagrada.
Sólo se debe luchar contra los infieles[24].
Cuando se considera en relación con el hadith, que puede
definirse como la biografía del Profeta, es fácil entender la
siguiente explicación de autores musulmanes contemporáneos[25]:
en las suras mecanas yihad no significaba inicialmente “guerra”,
sino “esfuerzo” en situaciones conflictivas, y no se permitía la
batalla armada, que estaba perdida de antemano. Sin embargo, en
las suras de Medina, Mahoma recibió las primeras revelaciones
que autorizaban a librar la guerra contra los mecanos idólatras,
de modo que la yihad se convirtió en el deber de defenderse a sí
mismo. En otras revelaciones, yihad se define más claramente
como batalla armada de los creyentes contra los infieles.
Ahora bien, es difícil creer el argumento presentado por los
musulmanes en forma de apología según el cual la yihad armada
guarda relación solamente con las guerras defensivas, como
demuestran los testimonios de los cronistas islámicos afirmando
la gran importancia política y militar de la yihad. De hecho,
cuesta imaginar una motivación más eficaz para una guerra que
una lucha o batalla (a menudo expresada con el término
inequívoco de quital = “combate” armado) contra los “no
creyentes” sirviendo la causa del mismo Dios. Es la batalla más
valiosa, que se señala como un deber en el propio Corán. Ese
deber fue la principal motivación de los guerreros tribales
comprometidos y los líderes que luchaban con ellos dentro y
alrededor de la Península Arábiga en las primeras guerras de
expansión, pero lo fue menos en el periodo del califato Omeya,
cuando se planificaron estratégicamente guerras imperiales en
lugares lejanos y se libraron con la ayuda de muchas tropas no
árabes y sus jefes. Con los Abasíes, los árabes dejaron cada vez
más la guerra en manos de las tropas turcas de modo que, tras el
declive del califato, los turcos (con los mongoles en la India)
heredaron el Imperio Islámico y emplearon, a su vez, la yihad
como motivo legítimo para sus campañas de conquista de los
Balcanes y la India.
Pronto, la guerra de Mahoma contra los mecanos herejes y las
primeras guerras de conquista suscitaron debates sobre el
concepto de “guerra” en el islam. Los debates condujeron,
ulteriormente, a la doctrina clásica de la yihad, basada en el
Corán y la Suna. En la Sharia, la yihad, con todas sus
modalidades y condiciones, ocupa muchos capítulos[26].
¿Cómo debe considerarse esto hoy y cuáles son las perspectivas
para el futuro?
La región del islam – una región de guerra
Expresado así, el cliché de que el islam se extiende “a fuego y
espada” no es correcto. El principal propósito de las primeras
conquistas era expandir el territorio del Estado Islámico, no
convertir la población a la fe islámica. El concepto esquemático
de un mundo dividido en dos partes, la “región (morada) del
islam” (dår al-Islåm) y la “región (morada) de guerra” (dår al-ªarb)
surgió más tarde, con el desarrollo de la ley islámica. Esta
división del mundo en un territorio en que el soberano musulmán
se asegura del cumplimiento de las normas religiosas y un
segundo territorio que rodea la región islámica y justifica
saqueos y conquistas no podía conducir a la paz, ya que daba la
impresión de que el objetivo de cualquier musulmán devoto debía
ser convertir al islam a los no musulmanes, con la consecuencia
inevitable de una guerra religiosa interminable.
Sin embargo, dado que resultaba imposible mantener un estado de
guerra permanente, se consideró suficiente que el soberano
llevase a cabo, o al menos planease, una expedición anual para
saquear o hacer esclavos. La población contra la que se dirigía
la yihad era constreñida a adoptar el islam. Las personas que se
rendían podían obtener el estatuto de “personas protegidas”; de
lo contrario, su conquista podía llevar, en determinadas
circunstancias, a la esclavitud y sus posesiones convertirse en
botín de los conquistadores. El mundo islámico se convirtió en
un Estado multirracial, no solo a través de la conquista, sino
también de los esclavos comprados o capturados en muchas tierras
extranjeras[27]. ¿No es posible que la amenaza constante
de guerra y el trato impuesto a los pueblos cristianos
conquistados –entre otras razones– explicasen porqué tan pocos
cristianos permanecieron en esas zonas del Oriente Próximo y el
Norte de África, cuna del cristianismo?
Durante las amplias conquistas islámicas, la doctrina de la
yihad se convirtió prácticamente en el sexto pilar del islam. A
diferencia del cristianismo, el islam permitía convertirse en
“testigo” (del griego martys) – concepto que también se
encuentra en árabe en el sentido de mártir (sah/d, en plural
suhadåˆ) – no solo pasivamente, sufriendo a causa de la fe
profesada, sino también activamente, mediante la lucha.
Cualquier persona que sacrifique su vida de este modo va
directamente al Paraíso: “Cuando sostengáis, pues, un encuentro
con los infieles, descargad los golpes en el cuello hasta
someterlos. (...) No dejará que se pierdan las obras de los que
hayan caído por Alá. (…) Él les dirigirá, mejorará su condición
y les introducirá en el Jardín, que Él les habrá dado ya a
conocer”[28].
Sin embargo, en la era moderna, se ha producido una renuncia
creciente a la yihad bajo la presión del colonialismo europeo.
Aunque el último sultán otomano, Mehmed V, instó a su pueblo en
una fecha tan reciente como el 23 de noviembre de 1914 para que
librara una yihad contra los poderes de la Entente, y aunque se
haya proclamado una yihad incluso en determinadas circunstancias
actuales, muchos representantes moderados de un islam moderno se
acogen al significado original de yihad como esfuerzo en el
sentido de lucha moral. Ya a finales del siglo XVIII, se
distinguía, en las luchas en la frontera Sufí, entre
“intervención a pequeña escala” como lucha armada contra
enemigos externos e “intervención a gran escala”, que consistía
en superarse a sí mismo y poner en práctica valores más
elevados. Ahora bien, ¿qué forma adoptará la yihad del futuro?
¿Un concepto más radical de yihad?
En el siglo XX, se agregaron nuevas interpretaciones políticas
al concepto de yihad. Los fundamentalistas modernos fueron
capaces no solo de basarse en libros de derecho, sino también en
los escritos de teólogos conservadores, en especial el erudito
hanbalí Ibn Taymiyah, que alcanzó así el estatuto de padre
espiritual de los islamistas radicales. En sus fatwas (informes
jurídicos basados en la ley religiosa), Ibn Taymiyah examinó la
situación de los musulmanes gobernados por los mongoles;
consideraba que eran infieles y decía que debían ser tratados
como tales, ya que se llamaban musulmanes pero no obedecían la
Sharia. Así pues, era más sencillo para los ideólogos del islam
radical en el siglo XX no limitar la yihad a la lucha externa en
pos de la libertad frente al colonialismo, sino también
extenderla a la lucha interna contra sus propios gobernantes
autócratas occidentalizados que, presuntamente, habían dejado de
practicar el islam. Además, era fácil emplear el término yihad
con fines políticos: al igual que el término militar “campaña”,
se puede reinterpretar de muchas maneras, según convenga, para
que se refiera a la lucha contra el subdesarrollo, a la lucha
contra el turismo, a la lucha contra la reforma económica o
incluso al asesinato de políticos, escritores y periodistas
liberales.
Desde los años setenta, se constata una radicalización del
concepto de yihad (“yihad islámica”) entre los grupos
extremistas que, aunque son pocos, están muy comprometidos. Bajo
la influencia del egipcio Umar Abd ar-Rahman y del palestino
Abdallah Azzam, ideólogo del movimiento Hamas (apoyado
inicialmente por Israel contra Yasser Arafat), determinados
grupos decidieron declarar la yihad como lucha armada en
respuesta a la creciente ocupación de Palestina y la pasividad
de muchos regímenes árabes. Uno de los grupos que entran en esa
definición fue responsable, en 1981, del asesinato del
presidente egipcio Anwar as-Sadat, tras su iniciativa de paz en
Jerusalén; otro grupo que podría denominarse también terrorista
se ha declarado responsable, junto con Hamas, de atentados
suicidas en Israel. Lo inquietante de todo esto es que estos
grupos radicales están captando progresivamente adeptos debido
al pesimismo que genera la catastrófica situación del pueblo
palestino, la pobreza y las dificultades que soportan las masas
árabes, así como la falta de sensibilidad y los sistemas
opresores de la elite en tantos países musulmanes, pero también,
e igualmente importante, porque esos grupos radicales
proporcionan servicios sociales a los sectores más pobres de la
población.
Sin embargo, desde el 11 de septiembre de 2001, se ha ido
aclarando el papel desastrosamente ambivalente de Arabia
Saudita, el aliado más importante de Estados Unidos en el
Oriente Próximo árabe (lazos comerciales entre las familias Bush
y Bin Laden), no solo en términos de exportaciones de petróleo,
sino también de exportación del terrorismo. El núcleo duro de Al
Qaeda (en árabe al-qåÙida = cimiento, base), centrado en Osama
bin Laden, está integrado por sauditas hostiles a la familia
real, que tolera la presencia permanente de las tropas
estadounidenses (30.000 soldados), mientras financia a rígidos
grupos Wahhabi en países árabes próximos o lejanos. No puede
seguir soslayándose el hecho de que el Wahhabismo fomenta la
intolerancia y la xenofobia en Arabia Saudita y en el mundo
islámico en general.
A fin de atajar las causas internas de la “enfermedad” islámica
del fundamentalismo, como se manifiesta en particular en el
Wahhabismo, el escritor tunecino Abdelwahab Meddeb propone que
se tomen medidas en tres niveles: tradición, derecho y
educación. En primer lugar, debería recordarse el gran número de
controversias y debates en la tradición islámica para favorecer,
con conciencia crítica, la libertad de un discurso pluralista en
el islam actual. En segundo lugar, cuando las normas parecen
inhumanas, deben buscarse los fallos en la tradición antigua
(principio de talq/f) en un esfuerzo por hacer la ley más humana
y acorde con los tiempos presentes. En tercer lugar, deben
eliminarse de los programas escolares todos los elementos
fundamentalistas: “El Wahhabismo, que es difuso por naturaleza,
contamina la conciencia a través de la educación en nuestras
escuelas, respaldado por la televisión”[29].
Ahora bien, los estadounidenses, los israelitas y los europeos
deben haber constatado asimismo, al menos desde la guerra de
Irak, que no es posible detener el terrorismo con una respuesta
militar, especialmente porque los terroristas suicidas y los
comparativamente menos dañinos lanzadores de piedras no se
amedrentan ante el despliegue, por grande que sea, de equipos
militares. Al contrario, el mal del terrorismo debe cortarse de
raíz, y las astronómicas sumas de dinero que se gastan en armas
tanto en Occidente como en los países árabes deben invertirse en
reformas sociales, habida cuenta no solo de la violencia
desmedida de los extremistas islámicos, sino también y sobre
todo, del potencial de paz que encierra el islam.
Una interpretación religiosa en un espíritu de paz
En una época en que, a diferencia de la Antigüedad y la Edad
Media, la humanidad dispone de nuevos medios técnicos para
autodestruirse, todas las religiones, y especialmente las tres
proféticas, a menudo tan agresivas, deberían poner su máximo
empeño en evitar la guerra y promover la paz. A tal fin, sería
indispensable realizar una relectura, una reinterpretación
matizada por cada uno, de su propia tradición religiosa. La
importancia de una comprensión contemporánea del Corán es más
evidente si cabe: las declaraciones sobre la guerra no deberían
aceptarse sin una visión crítica como doctrinas dogmáticas o
normas jurídicas rígidas, sino que deberían interpretarse
críticamente en su contexto histórico y transponerse a la
actualidad. Para conseguir una interpretación religiosa en el
espíritu de paz, debe adoptarse un enfoque dual.
Primero, las declaraciones y los acontecimientos militantes de
cada tradición individual deben interpretarse en su propio
contexto histórico, pero sin que se les reste importancia. Eso
se aplica a las tres religiones:
- las crueles
“guerras de Yahvé” y los despiadados salmos de venganza de
la Biblia hebraica deberían entenderse en el contexto de la
apropiación de tierras y la consiguiente autodefensa contra
enemigos más poderosos;
- las guerras
misioneras cristianas y las Cruzadas se originaron en la
ideología eclesiástica de la alta Edad Media;
- los
llamamientos del Corán a la guerra reflejan la situación
particular del Profeta en el periodo medinés y la naturaleza
particular de las suras de Medina. Precisamente esos
llamamientos a la lucha contra los mecanos politeístas no
pueden usarse hoy como principio para justificar el empleo
de la fuerza.
Segundo, las palabras y acciones en pro de la paz en la propia
tradición deben, no obstante, tomarse seriamente como
inspiración en la era actual. Eso debería ser más fácil para los
cristianos, pues su origen no se remonta a profetas y héroes
guerreros como Moisés y Elías o un rey agresivo como David, sino
a un predicador de la no violencia y una iglesia temprana que,
al menos inicialmente en el antiguo Imperio Romano, se expandió
no a través de la violencia, sino de un mensaje de justicia,
amor y vida eterna. Al comienzo, se prohibió a los cristianos no
solo hacer el servicio militar, sino incluso trabajar como
carniceros. Un musulmán que defienda la violencia y la guerra
posiblemente invocará el Corán y las palabras y hechos del
Profeta. Un cristiano que recurra a la violencia y participe en
la guerra no podrá citar a Cristo como justificación.
Ahora bien, las peligrosas amenazas que pesan sobre la paz
mundial plantean, sin lugar a dudas, problemas prácticos de
difícil solución. Además de la necesidad de una reinterpretación
religiosa en un espíritu de paz, hay que inculcar una conducta
pacífica y ponerla en práctica.
Educación para la paz
Muchos cristianos no saben que en el Corán hay relativamente
pocos versos sobre la guerra y la violencia y que las palabras
“misericordia” y “paz” aparecen con mucha más frecuencia que “yihad”.
Según el Corán, Dios no es el señor de la guerra (consideran que
ese no es nombre para Dios); al contrario, como en las primeras
palabras (que pronuncian los musulmanes al iniciar cualquier
oración o discurso) de cada sura, Él es “el Compasivo, el
Misericordioso”. Entre sus 99 nombres, se encuentran algunos
vinculados a la paz, por ejemplo, “el Clemente”, “el Más
Indulgente”, “el Amoroso” y “el Perdonador”.
Además, el “islam” (sumisión) que el hombre debería mostrar a
Dios tiene la misma raíz etimológica que “paz” (salam); de ahí
el saludo musulmán “la paz sea contigo” (Salåm Ùalaikum/Ùalaika)!).
Dios perdona y los que perdonan siguen su ejemplo[30]. El
Corán contiene incluso una especie de regla de oro: “No es igual
obrar bien y obrar mal. ¡Repele con lo que sea mejor y he aquí
que aquél de quien te separe la enemistad se convertirá en amigo
ferviente!”[31]. La paz debe hacerse sobre todo entre
creyentes enfrentados, pero también con los enemigos: “Si, al
contrario, se inclinan hacia la paz, ¡inclínate tú también hacia
ella!”[32].
En la actualidad, es necesario dispensar educación sobre los
principios de paz a nivel individual y colectivo, a padres y a
hijos, a ulemas y a políticos, teniendo presente que:
- es bueno
fomentar la autoestima entre los musulmanes, siempre que
ésta no se convierta (como ocurrió con muchos judíos y
cristianos en el pasado) en un sentimiento xenófobo y de
superioridad moral que pueda propiciar atentados y actos
terroristas;
- es positivo
luchar para superarse a sí mismo como una gran yihad,
siempre que no conduzca a la autodestrucción con fines
políticos, lo cual es inaceptable en la tradición musulmana,
ya que solo Dios puede determinar la vida y la muerte;
- se necesitan
medidas drásticas para combatir el terrorismo, siempre y
cuando no degeneren en medidas de seguridad movidas por la
histeria que supriman los derechos fundamentales
democráticos de los prisioneros de guerra e incluso de los
propios ciudadanos. Las redes terroristas no pueden
combatirse con medios militares, sino mediante la
erradicación de las condiciones – pobreza y opresión de
grandes secciones de la población –que las alimentan,
aislando a los extremistas del entorno que los respalda y
apoyando los movimientos reformistas no violentos[33].
El islam posee un considerable potencial de paz que, en vista de
las experiencias recientes y, en particular, del 11 de
septiembre de 2001, debería impulsarse. Ahora bien, los
llamamientos en favor de la paz no bastan por sí solos. Se
requieren no sólo una reinterpretación y una educación distinta
en el espíritu y los principios de paz, sino también medidas
prácticas para aplicar la paz.
La paz en la práctica
Para que una política sea efectiva, debe tener un “modo de
acción”. Hay que rechazar de plano las políticas ideológicas y
militares carentes de principios éticos, que representan
solamente los intereses de la elite económica y política en el
poder y justifican todos los medios para alcanzar fines
políticos –mentiras, engaños, asesinatos políticos, guerra y
tortura–, al igual que las políticas ideológicas de paz basadas
únicamente en la pureza de las intenciones sin tener en cuenta
en el equilibrio de poderes, la viabilidad y las posibles
consecuencias negativas.
El arte de formular una política de paz responsable consiste en
combinar los cálculos políticos inevitables con un juicio ético.
¿Qué principios éticos deben aplicarse a la cuestión de la
guerra y la paz con miras a establecer un orden mundial nuevo y
mejor?[34]
En el siglo XX, las guerras tampoco son “santas”, “justas” ni
“limpias”. Incluso las “guerras de Yahvé” (Sharon), las
“cruzadas” (Bush) y la yihad (al Qaeda) modernas, con el
desmesurado tributo que se cobran en vidas humanas, la
destrucción masiva de infraestructura y patrimonio cultural y
los daños al medio ambiente, son absolutamente irresponsables.
Las guerras no son inevitables desde el principio: una
diplomacia mejor coordinada, respaldada por un control eficaz de
armamentos, podría haber evitado tanto la guerra en la antigua
Yugoslavia como las dos guerras del Golfo.
Las políticas no éticas en pos de intereses nacionales – como
las reservas de petróleo o la hegemonía en Oriente Próximo –
influyen también en las guerras. Un examen de conciencia después
de la guerra del Golfo de 1991 podría haber mostrado que no se
trataba simplemente de “Estados malvados” y “democracias
inocentes”, de buenos y malos, de Dios y Satanás. La
demonización del oponente sólo sirve a menudo para aliviar la
propia conciencia. Saddam Hussein, por ejemplo, recibió, sobre
todo de Occidente, armas, dinero, tecnología y asesoramiento
para protegerse de un Irán islamizado, y contó con el apoyo de
los Estados Unidos (representado por Rumsfeld, el ulterior
Secretario de Estado para la Defensa).
El pacifismo absoluto, que considera la paz como el summum bonum
por el que debe sacrificarse todo, es difícilmente alcanzable
políticamente y, como principio político, puede ser incluso
irresponsable.
El derecho de legítima defensa, reconocido expresamente en el
artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, se enfatiza
reiteradamente en la tradición musulmana: “Alá abogará en favor
de los que han creído. (…) Les está permitido [tomar las armas]
a quienes son atacados, porque han sido tratados
injustamente”[35]. En el Parlamento de las Religiones del Mundo,
que se reunió en Chicago en 1993, los participantes musulmanes
consideraron importante, precisamente, que la “Declaración hacia
una Ética Global” incluyese el derecho de legítima defensa en la
Sección III.1 sobre no violencia. Así pues, la paz a cualquier
precio, por ejemplo cuando planea la amenaza de un nuevo
holocausto, es irresponsable. Es necesario oponerse a los
dictadores megalómanos y los asesinos de masas como Stalin,
Hitler y Saddam. Los autores de crímenes de lesa humanidad
deberían comparecer ante la Corte Penal Internacional que es de
esperar reciba también apoyo del gobierno que suceda al de
George Bush, al menos en la mejor tradición estadounidense.
Desafortunadamente, por muchos mensajes y llamamientos de paz
que realicen los sectores laicos y religiosos, por muchas
medidas preventivas y prohibiciones que se introduzcan, no
podrán prevenirse completamente las guerras y ni erradicarse de
una vez por todas. Así pues, cuando ocurren guerras –lo que
denota siempre un craso fracaso de la civilización humana– solo
queda una cosa: las normas básicas mínimas de la conducta humana
deben respetarse incluso en esa situación extrema. El derecho
internacional humanitario ha levantado barreras inestimables
contra la barbarie y la bestialidad, como las establecidas en
los Convenios de Ginebra y constantemente vigiladas por la Cruz
Roja. Cualquier debilitamiento del derecho, independientemente
de quien sea el responsable, debería, por ende, recibir una
respuesta contundente de la comunidad internacional, de
conformidad con la pregunta retórica formulada por Henry Dunant:
“(…) en una época en la que tanto se habla de progreso y de
civilización, y dado que no siempre pueden evitarse las guerras,
¿no es perentorio insistir en que se han de prevenir o, por lo
menos, aminorar sus horrores (…)?”[36].
Sobre el autor
Hans Küng es profesor emérito de
Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga. Participó en el
Concilio Vaticano II como asesor teológico y ha escrito obras
como Theology for the Third Millennium; El Cristianismo y las
Grandes Religiones; Una Ética Mundial; El Judaísmo; El
Cristianismo; Islam. Sus estudios sobre las religiones del mundo
han conducido al establecimiento de la Fundación Ética Mundial,
que preside desde 1995.
Notas
* El presente artículo está basado en el libro del autor sobre
el Islam (Der Islam. Geschichte, Gegenwart, Zukunft, Piper
Verlag GmbH, Múnich 2004, en especial en las págs. 688-719).
Junto con El Judaísmo, 1992 y El Cristianismo. Esencia e
Historia, 1995, forma parte de una trilogía sobre religiones
monoteístas. Será publicado por Oneworld, Oxford.
[1] El artículo de P. Gerlitz, Krieg I (Religionsgeschichtlich),
en Theologische Realenzyklopädie, vol. 20, 1990, de Gruyter,
Berlín, ofrece un panorama general del elevado número de
estudios teológicos comparativos sobre el tema de la guerra.
[2] V. Ex 20:1-17; Deut 5: 6-21. Las citas de la Biblia
corresponden a la versión Reina Valera 1995, disponible en
http://www.biblegateway.com
[3] V. H. Küng, Judaism, cap. 1-A II, 5: “The establishment of
monotheism.”
[4] R. Girard, La violence et le sacré, París 1972 (en alemán:
Das Heilige und die Gewalt, Zurich, 1987), y Le bouc émissaire,
París, 1982 (en alemán Der Sündenbock, Zurich, 1988).
[5] Gen. 4.
[6] Is. 2:4; Miq. 4:1-3.
[7] Deut. 1-3 y Libro de Josué.
[8] Para un panorama general de los diversos intentos en la
reconstrucción, v. H. Küng, Das Judentum, Ch. 1-C I, 1: “Die
Landnahme.”
[9] V. N. Lohfink, Art. ªeraem (Vernichtungsweihe), en
Theologisches Wörterbuch zum Alten Testament, vol. III,
Stuttgart, 1982, Col. 192-213; Cit. col. 206.
[10] V. J. A. Soggin, Krieg II (Altes Testament), en
Theologische Realenzyklopädie, vol. 20, 1990, de Gruyter,
Berlín.
[11] 1 Reyes, 18-19.
[12] Gen. 1: 26-28.
[13] Gen. 6:11-13.
[14] Gen. 9:6.
[15] V. A. Lichtenstein, The Seven Laws of Noah, Nueva York,
1995.
[16] Sobre la importancia de la Leyes Noájidas para un código
universal de conducta ética, v. también K.-J. Kuschel, Streit um
Abraham, Dusseldorf, 2002, p. 224 y ss.
[17] M. Lutero, Catecismo Mayor, Primer Mandamiento, primer
párrafo. Traducción del CICR.
[18] Sobre la guerra santar/yihåd, v. A. Noth, Heiliger Krieg
und heiliger Kampf im Islam und Christentum, Bonn, 1966; R.
Peters, Islam and Colonialism: The Doctrine of Jihad in Modern
History, La Haya, 1980; W. M. Watt, A. T. Welch, Der Islam I:
Mohammed und die Frühzeit – Islamisches Recht – Religiöses Leben,
Stuttgart, 1980, esp. pp. 150 y ss; J. C. Bürgel, Allmacht und
Mächtigkeit: Religion und Welt im Islam, Múnich, 1991, pp. 80 y
ss; W. Ende, U. Steinbach (eds.), Der Islam in der Gegenwart:
Entwicklung und Ausbreitung – Staat, Politik und Recht – Kultur
und Religion, Múnich, 1996, pp. 279-282.
[19] Sura 22:78. El Corán (para una traducción en español, v.
http://www.coran.org.ar).
[20] Sura 61:11.
[21] Sura 61:12.
[22] Sura 9:73.
[23] Sura 9:5.
[24] Sura 2:190-193.
[25] Por ejemplo, A. el Kalim Ragab (conferencia en Bamberg y El
Cairo), “Die Lehre vom ‘ÿihåd’ im Islam: Eine kritische
Diskussion der Quellen und aktueller Entwicklungen”, en A. Renz,
S. Leimgruber (eds.), Lernprozeß Christen Muslime, Múnich, 2002,
pp. 57-88.
[26 V. R. Peters, Jihad in Medieval and Modern Islam, Leiden,
1977, y su artículo “Jihåd”, en The Oxford Encyclopedia of the
Modern Islamic World, vol. 2, 1995, p. 369-373.
[27] Sobre este fenómeno, v. J. C. Bürgel, “Der Islam und die
Menschenrechte”, en R. Kley, S. Möckli (eds.),
Geisteswissenschaftliche Dimensionen der Politik: Festschrift
für Alois Riklin zum 65. Geburtstag, Berna, 2000, pp. 31-60, en
que se refiere al trabajo de Hans Müller, Die Kunst des
Sklavenkaufs nach arabischen, persischen und türkischen
Ratgebern vom 10. bis zum 18. Jahrhundert, Friburgo/Br., 1980.
En su libro Allmacht und Mächtigkeit (v. la nota 18 supra.)
Bürgel explica varios fenómenos y procesos de la historia
cultural islámica colocándolos en el contexto de la búsqueda de
poder de la religión y el conflicto entre ella y las fuerzas
profanas contrarias que deben ser sojuzgadas.
[28] Sura 47:4-6.
[29] A. Meddeb, La Maladie de l’Islam, París, 2002 (en alemán:
Die Krankheit des Islam, Heidelberg, 2002, p. 247).
[30] Sura 64:14.
[31] Sura 41:33-35.
[32] Sura 8:61.
[33] Véase V. Rittberger, A. Hasenclever, “Religionen in
Konflikten”, en H. Küng, K.-J. Kuschel (eds.), Wissenschaft und
Weltethos, Múnich, 2001, pp. 161-200; A. Hasenclever, “Geteilte
Werte – Gemeinsamer Frieden? Überlegungen zur zivilisierenden
Kraft von Religionen und Glaubensgemeinschaften”, en: H. Küng,
D. Senghaas (eds.), Friedenspolitik: Ethische Grundlagen
internationaler Beziehungen, Múnich, 2003, pp. 288-318; G. Gebhardt,
Zum Frieden bewegen: Die friedenserzieherische Tätigkeit
religiöser Friedensbewegungen, Hamburgo, 1994.
[34] Para una exposición más detallada, v. H. Küng, Weltethos
für Weltpolitik und Weltwirtschaft, Múnich 1997, Ch. A V:
“Weltfrieden – Herausforderung für die Weltreligionen”.
[35] V. la sura 22:38 f.
[36] Henry Dunant, Recuerdo de Solferino, CICR, Ginebra, pp.
128-129.
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La visión lineal y la visión
cíclica: El proceso histórico, el paso del tiempo
(cristianismo, islamismo,
marxismo y budismo)
Fuente: Este texto fue tomado del
sitio
http://www.budismo-valencia.com/
con muchos contenidos sobre esta filosofía. Hemos tomado un fragmento que
nos pareció muy interesante.
Los cristianos ven en el nacimiento de Jesucristo un viraje decisivo dentro
de la historia, y todos sabemos, si leemos nuestros libros de texto
ordinarios, por lo menos los viejos, que la Historia se divide en lo que
sucedió a.C. y lo que sucedió d.C., aunque últimamente los historiadores no
cristianos ya no utilizan aquella manera particular. Han sugerido que si tal
distinción ha de hacerse, debería ser en términos de la 'era común' y 'antes
de la era común'. Ciertos académicos han sugerido que si existiera un hito
decisivo en la historia, éste no se encuentra en un año en particular, sino
en todo un periodo, el mismo que se encuentra alrededor del año 500 a.C. En
otras palabras, un periodo entre doscientos y ochocientos años antes de la
era común. Como creo que la mayoría de ustedes saben, este periodo se ha
denominado la Era Axial, y de acuerdo con Karl Jaspers, el filósofo alemán,
en ese período se establecieron los cimientos espirituales de la humanidad,
simultánea e independientemente, en China, India, Persia, Palestina y
Grecia. Era la época de los grandes individuos, Individuos con "I"
mayúscula. La época de Confucio e Isaías, de Sócrates y Platón, de los
sabios del Upanishad y de los poetas griegos trágicos. Y por supuesto, lo
que es más importante para los budistas, fue la época del Buda.
Los budistas ciertamente ven
al Buda en el escenario histórico como un hito. Sin embargo ellos no ven la
aparición, la vida del Buda como un viraje de la misma manera que los
cristianos ven la aparición de Cristo. Para los cristianos, Jesucristo es
absolutamente único. Él es el logos encarnado, el hijo encarnado de Dios y
Su muerte mediante el sacrificio en la cruz es el evento central de toda la
historia mundial, de todos los seres humanos. Esa historia, según la
tradición cristiana, comienza con la creación y termina con el juicio final,
cuando la trompeta suene en el cielo y toda la raza humana sea convocada
ante el trono de Dios para ser juzgada por Cristo.
Se puede decir que la visión
cristiana de la historia y del proceso histórico es lineal: comienza con la
creación y la caída del hombre, alcanza su clímax en la vida y muerte de
Jesucristo y termina con el juicio final. Antes de la creación y después del
juicio final, está, por decirlo de alguna manera, sólo la eternidad. Esta
visión lineal de la historia ha dominado el pensamiento occidental cuando
menos desde la ascensión del cristianismo, y dentro del pensamiento moderno
la misma visión lineal encuentra una expresión en el marxismo. El Marxismo
puede ser descrito, y de hecho se ha descrito, desde un cierto punto de
vista, como una versión secularizada de la visión cristiana del tiempo. Y
esta visión lineal de la historia, sirve de base para ciertas nociones
modernas acerca del progreso infinito. Sin embargo, algunos sucesos en el
presente siglo han más bien socavado aquella noción de progreso infinito de
la raza humana, el infinito progreso de la civilización. Ahora tenemos menos
confianza de la que solíamos tener, digamos, desde hace cien años en la idea
de que la historia de la humanidad es la historia de progreso ininterrumpido
en todos los frentes. Actualmente nos damos cuenta que puede haber
regresiones, puede haber un retroceso a un estado anterior, primitivo, e
incluso menos civilizado.
Esta visión lineal de la
historia también es compartida por el Islam. Para el Islam también, la
historia es una sola historia, con un comienzo y un final definitivos. Su
clímax no es por supuesto el curso de vida de Jesucristo, a pesar de que los
musulmanes tienen un gran respeto por Jesucristo, sin llegar a reconocerle
como el hijo de Dios encarnado. Para los musulmanes el clímax del proceso
histórico es la vida de Mahoma y la revelación del Corán seiscientos años
después de la aparición de Cristo. Para ellos, el punto de viraje en la
historia es la Hégira, la partida de Mahoma de La Meca a Medina en el año
622 de la era común. Por supuesto ambas visiones, la cristiana y la
musulmana, tienen su raíz en el judaísmo. Por lo tanto, se puede hablar de
la visión lineal de la historia, como una visión semítica. Es la visión
común a las tres religiones o fés abrahámicas, es decir, el judaísmo, el
cristianismo y el Islam, así como el Marxismo y gran parte del pensamiento
moderno.
Al contrario, la visión
budista es una visión cíclica. El Budismo ve que la historia procede no como
una línea recta o relativamente recta, y ciertamente no como una sola línea
de fenómeno de existencia, sino como un gran océano, un océano sin principio
y fin, un océano sin límites, sin fronteras. Y sobre este gran océano, este
infinito océano, millones y millones de olas surgen y caen constantemente, y
éstas olas son universos o mundos. Y en estas olas que son universos, que
son mundos, hay millones y millones de olas más pequeñas, que surgen y caen.
Y tales olas son civilizaciones, o imperios o religiones o naciones o
individuos. Ellos también surgen y caen constantemente, ellos también
atraviesan por el proceso de crecimiento, madurez y decadencia. Ahora
tenemos un punto notable: el Cristianismo y el Islam se ven a sí mismos como
continuos, triunfantes, o quizá no tan triunfantes hasta el final de los
tiempos, es decir, hasta el Juicio Final. Presumiblemente, el judaísmo se ve
a sí mismo de manera continua hasta la llegada del Mesías. Sin embargo, el
Budismo se ve a sí mismo como una religión organizada, como el sasana, como
una institución, y como tal sujeta al mismo proceso cíclico que todo lo
demás. El Budismo también, como religión organizada, nace, se desarrolla,
madura, decae y muere. Muchos textos budistas predicen o pretenden suponer
este decaimiento, y de hecho en muchas partes del mundo budista este
decaimiento ha llegado a suceder.
Pasó hace siglos en Asia
Central, en India y en Indonesia, que alguna vez albergaron pujantes
civilizaciones y culturas budistas. En todas estas áreas el budismo ha
atravesado el ciclo completo. En épocas más recientes ha decaído seriamente
en China y Tíbet, lo mismo que hasta cierto punto en el resto del Oriente.
Podemos decir que en Oriente en general, el budismo ha estado en decadencia
cuando menos durante mil años, lo cual constituye un pensamiento
preocupante. Con esto no quiero decir que no haya habido individuos
budistas, o incluso pequeños grupos de budistas por aquí o por allá, que
hayan perseguido el camino hacia la Iluminación, y que incluso lo hayan
perseguido hasta el final. No obstante, cada vez ha habido menos individuos
o pequeños grupos así, y el budismo mismo durante siglos ha ejercido cada
vez menos influencia en las culturas o civilizaciones circundantes.
Pero el proceso cíclico es
complejo, existen olas y más olas, y hay olas más pequeñas en las olas más
grandes, hay ciclos dentro de los ciclos, y justo detrás de una ola grande
que cae, puede haber una pequeña ola que se levanta. En un ciclo de
decadencia, dentro de lo que es el ciclo completo de decaimiento, puede
haber un ciclo de crecimiento. En otras palabras, dentro del Budismo en
decaimiento vemos movimientos de resurgimiento y reforma.
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Juicio al Monoteísmo
Javier Pradera
Este texto fue publicado en
Diario El Pais, Miércoles, 23 de enero de 2002, además fue publicado en
la web de Herencia Cristiana, que recomiendo (http://www.angelfire.com/extreme/genio/)
Barrington Moore Jr., autor
de Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia, rastrea el
largo camino de causalidad social que conduce desde las tres religiones
del libro hasta el nazismo y el estalinismo.
Las investigaciones de la
sociología histórica -no tanto una escuela doctrinaria como una
corriente pluralista- ofrecen al lector la oportunidad de ampliar sus
horizontes más allá de las limitaciones temporales y espaciales
inherentes a los enfoques circunscritos a momentos y lugares
predeterminados. La verificación a través de los siglos y de las
civilizaciones de hipótesis construidas con materiales transhistóricos
tiene en Barrington Moore Jr. (1913) a uno de sus mas originales
representantes. Publicada en 1966, Los orígenes sociales de la
dictadura y de la democracia. El señor y el campesino en la formación
del mundo moderno (Península, 2000), una obra clásica en el género,
estudia los papeles desempeñados por las aristocracias terratenientes y
las clases medias en el proceso de cambio de las sociedades agrarias;
los escenarios elegidos para esa tarea son la revolución industrial
inglesa, la revolución francesa, la guerra de secesión americana, el
derrumbamiento de la China imperial, el fascismo japonés y el
subcontinente indio.
Abstracción hecha del
interés que ofrecen las audaces conjeturas y la viveza narrativa de esta
reciente obra de Barrington Moore Jr., Pureza moral y persecución en
la historia -la versión original fue editada el año 2000- extrema
los riesgos de las analogías y muestra los flancos débiles del
comparativismo. Los paralelismos entre Calvino y Lenin (o la
Institución cristiana y El capital), la equiparación del
puritanismo de Saint-Just con la moral conservadora de los senadores
republicanos americanos (o alternativamente con los profesores radicales
de ciencia política de la década de los veinte) y la evocación de la
noche de los cristales rotos hitleriana para ilustrar la destrucción
de una mezquita por hinduistas fanáticos son imaginativos, pero
escasamente concluyentes. Hay también cierto descuido (que se extiende a
la traducción al castellano) en la utilización de las fuentes y la
verificación de las citas por el autor.
La investigación se
propone descubrir los motivos que han impulsado a los seres humanos a lo
largo de la historia a matarse y a torturarse por sus diferencias en
materia religiosa, política o económica; la respuesta es que la defensa
de la pureza moral frente al vicio y la contaminación es la causa de la
crueldad y la intolerancia humanas. Barrington Moore Jr. dice
sorprenderse de los inesperados hallazgos de su investigación: la teoría
y la práctica de esa pureza moral sanguinaria fue una creación de las
tres religiones monoteístas, esto es, el judaísmo, el cristianismo y el
islamismo. Las grandes religiones asiáticas quedan absueltas de ese
pecado: el hinduismo, el budismo y el confucianismo sólo apadrinaron de
forma esporádica -antes de ser contagiados por los valores occidentales-
los movimientos de persecución en nombre de la defensa moral. Si bien
los budistas 'mataban a la gente de aburrimiento' con sus elaboraciones
de teología metafísica, 'al menos no quemaban a nadie por sus
opiniones'.
Barrington Moore Jr. se
ocupa de la época del Antiguo Testamento y de la historia del
cristianismo, pero deja al islam fuera de su investigación (concluida,
dicho sea en su descargo, antes de los atentados del 11 de septiembre)
por considerarse escasamente familiarizado con sus fuentes. Los dos
'sondeos históricos' elegidos para contrastar sus turbadores hallazgos
bíblicos son las guerras de religión en la Francia del siglo XVI (con
especial atención a la matanza de miles de hugonotes por los católicos
de la Noche de San Bartolomé) y el Terror revolucionario (a través de
los textos y discursos de Hébert, Robespierre y Saint-Just).
Según Barrington Moore Jr.,
'el larguísimo camino que conduce desde los antiguos hebreos hasta el
estalinismo' constituye 'un río de causalidad social' reconocible en la
cartografía histórica; tal corriente de intolerancia, crueldad y sangre
poseería una clara identidad y tendría 'un evidente punto de llegada (¿o
una estación de paso?) en los regímenes totalitarios del siglo XX'. Así
pues, su veloz galopada a través de los siglos y de las culturas le
lleva al arrojado investigador a la certeza de que el monoteísmo, una
vez secularizado, fue una causa indispensable del nazismo y del
estalinismo: una conjetura necesitada de pruebas capaces de hacer
plausible esa arriesgada tesis y de convencer no sólo a los creyentes
del Libro sino también a los agnósticos y a los politeistas.
Referencia
PUREZA
MORAL Y PERSECUCIÓN EN LA HISTORIA -
Barrington Moore Jr. Traducción de Ignacio Hierro Paidós. Barcelona, 2001
192 páginas.
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