Musica
electrónica en cuerpo y alma
Por Hillegonda C. Rietveld, profesora de comunicación de la
Universidad del South Bank (Londres). Ha publicado This is our
house: house music, cultural spaces and technologies (Ashgate,
1998). Publicado en el courier de la Unesco.
La
música electrónica está en constante efervescencia. Ha engendrado
el “tecno” y el “acid house”. Tras los ritmos estrepitosos,
disc-jockeys y bailarines tratan de eludir la ley y la voracidad de
las transnacionales.
Unidos por la música,
jóvenes de extracciones étnicas, orientaciones sexuales y edades
diversas bailan alegremente en la pista repleta disfrutando con los
ingeniosos trucos acústicos del disc-jockey. El sentimiento de
comunión se acentúa a medida que la música ensordecedora,
combinada con efectos visuales, atrapa a los participantes —ritmos
y pulsaciones de una máquina mensajera de paz, amor y unidad.
Bienvenidos a Body and Soul, en el corazón de Nueva York, un club
donde la pista de baile hace realidad el sueño de una isla utópica
donde, según una diva de la música dance, “cada cual es libre de
pasarlo bien”.
El
éxtasis no se expresa con palabras; se siente, como la música.
Mark Twain, novelista estadounidense (1835-1910)
En Body and Soul, disc-jockeys como Joe Claussel siguen firmemente
decididos a mantenerse alejados de los gigantes mundiales del ocio,
a mezclar y combinar todo tipo de estilos musicales y de públicos,
y a considerar la “cultura dance” algo más que una buena fuente
de ingresos. Y para ello se necesita mucha voluntad, pues en los últimos
diez años la cultura dance o clubbing, basada en la música electrónica,
se ha convertido en un mercado internacional multimillonario pese a
los esfuerzos de Claussel y de sus colegas por materializar sus sueños
de diversidad cultural, independencia artística y espiritualidad
universal. Para muchos de sus adeptos, la cultura dance constituye
una escapatoria frente a la reglamentación de la vida moderna, un
retorno a una utopía preindustrial.
Pero antes de ahondar en este fenómeno mundial, se necesita un poco
de historia y de vocabulario. Para empezar, evitemos la utilización
genérica del término “tecno” para describir todo lo que
suponga sonidos electrónicos estridentes. El tecno es en realidad
una rama de la música electrónica, un género en constante expansión.
Engendra continuamente variantes nuevas a medida que los
disc-jockeys reelaboran músicas y sonidos de todo tipo –del
silbato de un tren a la salmodia de un lama tibetano– dentro del
fragor de un ritmo a cuatro tiempos. Dos de sus principales subgéneros
son el tecno y el house.
La cultura nacida de esa música, en particular el house, es en
cierto modo una nueva versión del periodo “disco” de los años
setenta. Todos recordarán esa época de excesos, simbolizada por el
traje blanco de John Travolta en la película norteamericana Fiebre
del sábado noche. Antes de que la clase media blanca de Estados
Unidos adoptara la versión comercial popularizada por los Bee Gees,
esa música fue considerada un derivado del funk y el soul:
comercial en sus aspiraciones, pero también divertida y moderna.
Perdió popularidad debido al rechazo de los rockeros hastiados del
género y por una excesiva difusión de la película Fiebre del sábado
noche. Los tres grandes géneros populares y anticomerciales que
eran el reggae en Jamaica, el punk en el Reino Unido y el hip-hop en
Nueva York aparecieron en ese momento. Pero el principio de la música
disco –crear una interminable banda musical para que el público
bailara toda la noche– sobrevive en la corriente sin fin de la música
electrónica.
El
descubrimiento del adn, por ejemplo, muestra la manera en que pueden
crearse distintos seres vivos empezando por las partículas más
pequeñas y sus componentes (...)
En música hacemos exactamente lo mismo.
Karlheinz Stockhausen, músico y compositor electrónico
experimental alemán (1928-)
La música house, en particular, se presenta a menudo como un símbolo
de diversidad cultural. Sus orígenes están en las discotecas de
negros y latinos, donde encontró su primera audiencia (ver
p. 48 del courier de la unesco). En los años ochenta,
productores/DJ afroamericanos, como Frankie Knuckles, Marshall
Jefferson o DJ Pierre, empezaron a perfeccionar sus composiciones en
clubes underground gay y heterosexuales de Nueva York, como por
ejemplo el legendario Warehouse del que el house tomó su nombre.
También por entonces el DJ Larry Levan, en el Paradise Garage de
Nueva York, definió un subgénero específico (el garage, más
lento y más semejante al gospel que el house) y dio la tónica de
los raves1 actuales —no se consume alcohol, pero sí
drogas en abundancia, una música mixta, estridente, rítmica,
destinada a un público motivado y que se difunde durante unas
quince horas sin interrupción.
Al mismo tiempo, en la jungla de cemento postindustrial de Detroit
(Michigan) apareció el tecno, una forma más tranquila y futurista
del house. La música tecno está constituida de ritmos yuxtapuestos
a ruidos mecánicos y voces sintetizadas. Surgió de un diálogo
transatlántico entre productores jóvenes afroamericanos con
posiciones radicales, como Kevin Saunderson y Derrick May, y
representantes de la euro-pop electrónica, en particular Kraftwerk,
grupo experimental alemán de los años setenta.
A mediados de los ochenta surgieron varias firmas de discos
independientes. Las diversas tendencias de house, garage y tecno
estadounidenses comenzaron a exportarse a Europa, lo que provocó la
aparición de otras variantes y de nuevas Mecas de la música electrónica.
Explicar por qué una determinada tendencia se aclimató en cierta
región del viejo continente daría lugar a todo un artículo. En
resumen, la música house más cálida y próxima al gospel encontró
su público en Italia; el norte de Europa (Países Bajos, Bélgica y
Alemania) fue un terreno fértil para un tecno frío y duro, que la
tradición electrónica de esos países había en parte engendrado;
el Reino Unido estuvo a la cabeza de la adopción y la adaptación
de los nuevos sonidos estadounidenses. Cada variante encontró su
audiencia; el house con influencia del gospel fue adoptado por los
aficionados al soul, en tanto que el tecno captó adeptos del rock e
incluso del punk.
En 1987, un grupo de disc-jockeys y veraneantes británicos pasaban
las tradicionales vacaciones bajo el sol de Ibiza, sitio legendario
del movimiento hippy. En esta isla española reconocida por su
tolerancia hacia las drogas descubrieron una combinación muy
poderosa: la MDMA (alias éxtasis o E). Esta droga que provocaba una
sensación de empatía era el acompañamiento perfecto del sonido
vibrante y futurista del acid house, una variante del house
estadounidense. Al regresar al Reino Unido, esos disc-jockeys
trataron de revivir en la lluviosa Inglaterra la atmósfera de
Ibiza. Crearon sus propios clubes en cobertizos abandonados y bajo
los puentes de ferrocarril y celebraron fiestas acid house no
autorizadas donde multitudes de veintiañeros podían alcanzar el éxtasis
y divertirse en grande. Estas manifestaciones fueron el prototipo de
los futuros “raves”.
Las fiestas atronaron durante casi un año antes de que los padres y
la policía se alarmaran ante sus dimensiones “amorales” e ilícitas.
Los medios de comunicación hicieron su agosto dando una versión
sensacionalista de los peligros de los raves. Ello los hizo más
atractivos aún para los adolescentes en busca de emociones fuertes.
Las fiestas acid se volvieron clandestinas, pero en el verano de
1989 volvieron a aparecer fuera de las áreas metropolitanas, en
centros de recreo, casas de campo e incluso en el campo mismo. Las
macrofiestas se multiplicaron y se estima que una de ellas, Sunrise,
atrajo a 10.000 participantes.
Cinco años después del nacimiento del rave, el gobierno británico
aprobó diversas leyes para reprimir las manifestaciones de ese
tipo. La represión tuvo efectos contraproducentes. Al hacer que los
eventos se volvieran cada vez más clandestinos, se estimuló su
politización y la filosofía DiY (Do it yourself, házlo tú
mismo). Los ravers DiY no sólo organizaron fiestas para bailar,
sino también protestas musicales en torno a problemas ambientales y
de justicia social. Grupos como el legendario Spiral Tribe empezaron
a difundir el “evangelio” de la resistencia punk en Europa
participando en el lanzamiento de “Teknivals” (festivales tecno)
en Francia y Alemania. Grupos similares contribuyeron al desarrollo
del festival tecno europeo, con una de las fiestas más concurridas
del mundo: la Love Parade de Berlín, que atrajo en 1999 a un millón
y medio de europeos.
Al mismo tiempo, la legislación hizo que las muchedumbres volvieran
a los clubes autorizados. A fines de los años noventa aparecieron
megadiscotecas dotadas de un estricto control y una estrategia
comercial. Clubes como Ministry of Sound en Londres y Cream en
Liverpool son negocios rentables que invitan a los mejores
disc-jockeys del momento a actuar en un ambiente estrictamente
reglamentado.
Pese a este auge comercial, el sueño democratizador de una cultura
dance sigue vivo. Hasta ahora el modelo rock predominaba en la
industria del ocio. Este se basa en la existencia de grupos que
firman contratos de larga duración con empresas de producción y
distribución, lo que les permite grabar un álbum en un estudio
comercial caro. La empresa se ocupa luego de la promoción del disco
organizando conciertos en grandes salas.
La música dance transformó radicalmente este modelo. En vez de
firmar un contrato con un grupo y de promoverlo, las empresas de
grabación y los clubes asumen la tarea mucho menos onerosa de
contratar y representar a un solo DJ que trabaja con un equipo
digital que se consigue a precios cada vez más competitivos. Con
percusiones y sintetizadores, los magos de la tecnología imitan los
instrumentos tradicionales. Gracias al sampling pueden grabar y
manipular cualquier sonido, sumiendo a la legislación sobre la
propiedad artística y los derechos de autor en una confusión de la
que aún no ha podido recuperarse.
Individuos creativos sin formación musical y con conocimientos
elementales de electrónica pueden producir ahora música dance en
sus computadoras personales con programas como Cubase. Con material
digital es posible componer un “corte” (ya no se llama canción),
producido y mezclado íntegramente por el DJ/productor.
Aunque la producción digital es lo habitual en el house, en las
discotecas todavía predominan los discos de vinilo, en contraste
con formas digitales como los discos compactos. Los disc-jockeys
prefieren las ventajas inmediatas de la aguja y las manipulaciones
sonoras que permite. Sin embargo, en muchos lugares como Portugal o
Belgrado (ver p. 43-44) ya no hay fabricantes de discos de vinilo y
deben importarlos de Nueva York y de Londres.
Muchos artistas quisieran mantenerse independientes y crear sus
propios sellos. Sin embargo, si la grabación se convierte en un éxito,
el artista necesitará una inversión importante para satisfacer la
demanda. Por consiguiente, se verá obligado a tratar con grupos de
distribución, independientes o grandes firmas, o a vender su
composición directamente a una casa discográfica. De ese modo,
incluso los DJ-productores independientes son recuperados por el
mercado mundial del disco.
El acceso a la
fiesta mundial
Aunque la tecnología
digital ha abierto nuevas posibilidades a la producción
independiente, no todos tienen acceso a ella. Se concentra por muy
amplio margen en Estados Unidos, Europa occidental y Japón (ver
p. 46 del courier de la unesco). En Occidente, el tecno
reproduce el modelo dominante: la mayor parte de los disc-jockeys
son varones. Cuando una mujer disc-jockey logra imponerse, en las
revistas musicales se la lanza al mercado como una imagen curiosa más
que como productora competente. Cuando hablo de mi experiencia en un
grupo de música dance (como programadora y teclista), la primera
pregunta que se me formula es: ¿es usted cantante?
La música electrónica, que sigue los meandros de la producción y
la distribución internacionales, se está consolidando de São
Paulo a Tel Aviv, abarcando un amplio espectro político y cultural.
Sin embargo, su difusión no ha contribuido a equilibrar la
distribución desigual del poder. Las metrópolis occidentales
siguen dominando con las cinco mayores firmas productoras de discos,
que controlan la distribución y acatan las distinciones tajantes de
sexo y de clase. Por lo tanto, no podemos evitar preguntarnos: ¿acoge
esta fiesta mundial a todos por igual?, ¿son todos realmente
“libres de pasarlo bien”?
1. En la década de 1970, los afrocaribeños y los afroamericanos
utilizaban el término “rave” con el sentido de “fiesta” o
de “pasarlo bien”. Hacia 1987/1988, los jóvenes británicos
empezaron a emplear este término para designar grandes fiestas, a
menudo no autorizadas, que atraían a miles de participantes que
pagaban entrada. Varios DJ animaban la fiesta durante toda la noche.
• Beverly May (de Toronto, Canadá), http://www.futurejazz.org/
• Mad Mike (Productor de Detroit presentado en un sitio web
francés),•
http://www.multimania.com/fighters/madmike.htm
• Raya: Atmospheric Engineering, http://raya.org.uk/
• House Machine (de Milán, Italia), http://www.housemachine.com/